Edición 359

Educación, enseñanza, calidad

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Vaya, vaya, vaya. Muchos pensamos que la llegada de Gina Parody al Ministerio de Educación de Colombia iba a marcar un hito en la historia del país. Su cara joven y cariz emprendedor presagiaban un rumbo acorde con la realidad de la modernidad. Pero todo ha sido un fiasco.

Ella ha sido un alfil más dentro del juego del gobierno Santos. Hay movimientos obvios entre Planeación, Hacienda, Educación y Palacio. Soplan vientos de neoliberalismo: apretar el puño porque solo hay cabida para los elegidos. O sea, para los consorcios, los contratistas, las cosas para mostrar. El pueblo, la juventud, el porvenir, la investigación, la industrialización de punta, la innovación, la calidad de la enseñanza, no son palabras en boca de la Ministra.

El modelo Uribe, sigue en pie en gastos militares, en gasto público, en aumento de la burocracia de altos puestos y costos y en el desprecio por el sector educativo. Y la mirada hacia los estándares extranjeros, al apego a programas y planes de estudio repetitivos sin que se tenga en cuenta la competitividad con la industria que nos atropella desde cualquier país extranjero, como Corea, Bangladesh, El Salvador, Guatemala, China o Taiwán.

Los maestros están mal pagos, las facultades de educación no renuevan sus metodologías ni ofrecen currículos acordes con la realidad mundial, las universidades privadas marchan al garete, sin control gubernamental y solo aprovechan a las familias que las regentan.

Se habla de más presupuesto para Educación. Pero cuando los maestros piden capacitación y mejores sueldos para trabajar en un sector cada vez más difícil se cierran los oídos y se coarta la libertad de protesta. Las metodologías y ambientes al interior de la escuela colombiana son difíciles de aceptar. No hay incentivos ni para profesores ni para estudiantes en escuelas, colegios y universidades de Bogotá, Tausa, Uribia o Chigorodó.

Los maestros se acostumbraron a repetir lo mismo y los estudiantes se aburrieron de escuchar las clases que no les ilusionan. Están prohibidas las miradas alternativas, del uso de la tecnología que inunda el mercado. No hay conexión entre comunidad, barrio, sociedad y necesidades locales con lo que se pretende enseñar adentro de cuatro paredes con horario insoportable, en filas y sentados uno detrás del otro. Así funciona todo en Locombia.

Y seguirán llegando ángeles del Norte y de Harvard o el MIT a decirnos qué debemos hacer porque de nada ha servido la experiencia de Universidades como la Pedagógica de Bogotá o la de Tunja. El pensamiento colombiano no existe para el gobierno y por eso se nos envuelve en el discurso perverso de la paz como suprema panacea. ¿Y qué de la Industria nacional, de la agricultura, de la tecnología al servicio de la educación, de la mano cualificada que sale de las universidades?

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.