Edición 359

Descenso a lo animal

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Así lo comprobé en uno de los vuelos más cansones en los que he tenido la oportunidad de estar.

Venía de la mágica Cartagena de Indias, cuyo valor de tiquete no es nada barato, y se supone que los que viajan tienen algún nivel educativo (ojo no estoy diciendo plata) porque precisamente es lo que sobra: aquellos “levantados” que creen que el mundo debe rendirles pleitesía, pequeños dictadores con sus concubinas y vástagos igualmente malcriados.

De entrada en la fila ya estaban insultando a las vigilantes que cumplen con su deber de revisar el tiquete y el documento de identidad; luego insultaban a quién les reconfirma el pasabordo; después ofendían a la señora que les vendía el agua en una de las concesiones del viejo aeropuerto de Crespo, y que desde hace más de 25 años tiene nombre de ex presidente.

Fue entrar al avión y comenzó el concierto de estornudos, toces, carrasperas, gargajeos. Nadie tenía la previsión de taparse la boca en el pliegue del codo, o sonarse con un objeto en vías de extinción como el pañuelo. Incluso, cuando corrí a quién ocupaba mi asiento asignado, en la ventana, me encuentro con un enorme moco pegado al lado de la cortinilla que sube y baja. Creo que lo de llamar a la influenza AH1N1, como gripe porcina tenía algo que ver con los rasgos marranos más característicos de mis acompañantes, pasajeros de buses, o transeúntes en todo el país, o el mundo.

Una anécdota en Buenos Aires: me subo al colectivo porque voy para el hospital a reclamar una resonancia de mi rodilla-pomada ex futbolística y logro asiento al lado de un rubiecito de los 5 años. Bonito el chino. El papá estaba de pie; un tipo joven.

Cuando me acerco a mi destino siento al niño incómodo y pateando como cualquier pelado. Cuando volteo a mirar el porqué de su molestia lo pillo con un moco verde entre anular y corazón de su manita blanca, haciendo la bolita respectiva y… ¡adentro! Debo confesar que comí uñas, nunca mocos de chino, y me dieron náuseas de verlo. El papá notó mi incomodidad y descubrió la situación. Sonrojado lo agarró de su manita untada y de inmediato timbró para bajarse. Creo que iba para más allá de donde descendió, pero le dio pena. No los volvía ver, y aspiro a que no se haya ido al otro extremo: el de molerlo a palos por algo que el rubio papá también haría de niño.

Y vuelvo al avión. No había terminado de carretear para llegar a la plataforma respectiva, cuando mis marranos acompañantes se levantaron de sus asientos y como un verdadero vendaval abrieron los portaequipajes, sacaron sus paquetes y maletas, se abalanzaron encima de los otros que hacían lo mismo, se insultaron. Y cuando esperaban de mala gana a que abrieran la puerta, el capitán les dice por el micrófono interno que vuelvan a sentarse, que el vuelo aún no había culminado, algo que se dice en todos, al comienzo de cada uno de ellos, con una rutina cansada de azafatas y ahora aeromozos, o auxiliares de cabina hombres. 

Y nadie para bolas. ¿Será por eso que en un accidente, que nunca dejarán de ocurrir, la probabilidad de muertes aumenta por esa desatención a la que podemos calificar de importaculismo y en la que todos hemos caído?

El descenso a lo básico que pregono no es más que la pérdida, día con día, del sentido común, el que ya no es el más común de los sentidos. Día con día ya no hay respeto por el otro, el afán diarréico y el “primero yo…” hace que la gente haga lo que hace en los aviones, en los buses, en los taxis, manejando, pasando las calles de unas urbes cada vez más caóticas e inexorablemente mutantes, como monstruos amorfos y sin control alguno.

Y repito, para que las susceptibilidades regionales no afloren, no es un mal exclusivo colombiano. Lo de Buenos Aires con la influenza y el dengue, del que nadie volvió a hablar, también lo prueban.

¡Salud! Lo del tapabocas no es joda.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro y por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.