Edición 364

Amaneció el día con copete rojo

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Pasa el humano su vida metido como en un caleidoscopio. Se enfrasca en un tubo entre multitud de elementos y sucesos de diversa índole. Unos deslumbrantes, otros sombríos, algunos dulces y otros insípidos. Da vueltas el individuo como en un bulevar o puerta giratoria por donde ve fogonazos de luz y briznas de espanto.

Por fortuna son más los momentos gratos que los tragos amargos. Nadie es tan in-feliz que pueda decir que este mundo es un valle de lágrimas. El caleidoscopio está lleno de partecitas brillantes, opacas, azules, rosadas, negras, ocres y moradas. Ni siquiera es un trompo de cuatro lados que, como un dado cae para el mismo lado, para maldecir la suerte.

Con mi novia hoy tuvimos la sorpresa de poder ver lo que siempre nos había parecido un imposible. A un pájaro carpintero de gran tamaño, en todo su esplendor. Lo habíamos visto en fotografías y en películas de Disney.

En nuestra caminata diaria, que apenas la estábamos iniciando, se nos apareció de improviso, como un premio de la Naturaleza. Hay unos espacios que hemos denominado territorios por donde los carpinteros colombianos acostumbran rondar. Mas hoy vino el más grande ejemplar de cuantos hemos visto.

Tal vez alcanzaba los 25 centímetros desde su cresta hasta la cola. Resaltaba sobre su cabeza negra un copete alto de rojo encendido, alas muy negras y con brillo y buche moteado de puntos blancos y negros. Su cola movible, negra, lo hacía lucir como un lord inglés. Nos detuvimos a admirarlo más que a mirarlo. Era tal su belleza. Se movía grácil y ágil, mirando y picando, saltando y parando a picar, como es su oficio. Ni pareció darse cuenta de nuestra presencia. Su discreción fue notoria.

Le dimos las gracias, lo miramos con binóculo y casi lo tocamos con los ojos. No se inmutó. Qué señor tan gentil. Obró sin remilgos y no escondió su cara. Le hicimos la venia como lo harían unos fieles pajes de tan distinguido huésped de los chiminangos y samanes.

Nos tocó despedirlo para no molestarlo. Porque sabíamos que estaba ocupado y que las visitas a seres tan célebres no deben prolongarse.

Estábamos plenos, premiados. Y como si el recorrido hubiera sido infructuoso, hoy vimos mirlas negras, trajimos comida para los pececitos que habitan debajo del puente y una iguana nueva se dejó ver en un árbol casi seco y otra ya conocida nos saludó desde la altura.

Y dejo aquí la crónica porque la poesía del XV Festival de Cali me llama con su canto de sirena afanada.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.