Edición 368

Fatum del alma en Bogotá

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Quien ha probado el Fado ha tocado el seno del Destino y ya nunca lo olvidará. Verlo cara a cara y sentir que sus ondas entran por poros, oídos y vísceras es una experiencia suprema. Porque en el Fado se recogen las reverberaciones de antiguas sombras, de cantos íntimos, de tristezas largas.

Quien ha ido a Lisboa - lishboa - lo sabe. Me lo anticipó el flautista Marco Tulio Mondragón: Cuando estés en Lisboa deberás ir a oír Fado. Y con esa frase me sedujo. Fado es oír voces ya idas, es un jugo de dolor y recuerdos, es una mezcla de sangres que luchan por no morir, son cuerpos que se devuelven envueltos en gritos que llaman y melodías que destilan llanto. Es agonía, devolverse a revivir siglos de ir y venir, es repasar unos caminos de piedra y fuego. Es la unión de sentimientos que permiten al pasado rescatar las vivencias de ancestros y culturas dominadas y expulsadas. Y, aún más.

El Fado son todos los cantos construidos con saudade y lágrimas que salen de gargantas cansadas que han bebido melancolía. Sus cantos son fusiones de flamenco, de acento morisco, tristeza gitana y alegría sevillana. Y nada mejor para expresarse que el dulce y severo acento de la lengua portuguesa con sustrato africano, gitano y andaluz, herederos de aires, mares y campos con palacetes y danzas de castañuelas y falda ancha.

La noche empezó a vestirse de lluvia y tristeza. Era Lisboa y todo olía a mujer y mostaza. Había halo de Fado. Destilaba el día su velo de sombras y caía el cielo a gotas. No importó mojar las espaldas ni correr bajo el agua. Tomados de la mano corrimos al restaurante donde se presentaba Celeste María, su guitarra, su voz y el grupo que la acompañaba. No era la comida la que nos llamaba. Había un ambiente de fiesta, de teatralidad, de espera impaciente. Los meseros iban poniendo los platos sobre la mesa. Nuestros ojos buscaban a la Mujer de Lisboa que hiciera su aparición por la puerta del fondo. Como si ya la hubiéramos conocido, su presencia se sentía.

Y por fin salió a escena con su elenco. Pero ella era la estrella. Ella, su voz, su guitarra y su canto con ojos verdes.* Estos fueron algunos de los fados con que nos recreó: Fado menor, Lisboa antigua, Fado de noche o mi canto, Ten pena de mi tristeza, Corazón de niño, Contigo al lado. Los títulos dan la dimensión de la profundidad del fado cantado por boca de mujer con garganta de cigüeña blanca.

Su voz era de algas que se enredan al salir entre brumas de velo negro y agua que brinca entre recuerdos y besos, entre suspiros y esquinas, entre barcos y sirenas. ¿Qué más puede pedir el corazón y no reventar de saudade? Ojalá pudiera volar al Teatro Mayor Julio Mario Santodomingo este fin de semana para continuar entre la melancolía y las guitarras.

Más información en la página de Celeste María

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.