Edición 353

Sin complejos ni lisonjas: se fue Fidel Castro

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Ignorar quién fue y representó para la historia de las naciones Fidel Castro es un error del mismo tamaño de construir una muralla como el emperador chino y aislarse del planeta por centurias. Y más mundano: como el avestruz que mete la cabeza dentro de un hueco pretendiendo que aquí no ha pasado nada.

Amado y odiado al mismo tiempo, Castro representó un pedazo de la historia del siglo XX, convulso y caótico donde aún se analiza si la humanidad avanzó a pasos agigantados con los descubrimientos como la penicilina, el desarrollo de la radio, la televisión, y la consolidación del cine, la conquista del espacio, el deporte, o por el contrario, volvimos a las cavernas y dejamos ver el lado más cruel humano con dos guerras mundiales y centenares de conflictos de variada intensidad, con millones y millones de muertos, desplazados, mutilados, locos, y el despedazamiento del planeta con el calentamiento global y la destrucción sistemáticas de bosques, ríos, mares.

Castro representó toda una generación que atraída por un modelo de gobierno diferente al capitalista, sedujo a una buena parte de la humanidad que al ganar la Segunda Guerra Mundial pretendió que lo colectivo estaba por encima de lo individual. Un sistema como el comunista que sentó sus bases doctrinarias en el mismo capital de Carlos Marx y en Lenin, pero también en una cruenta revolución de octubre de 1917 y en millones de muertos que sembraron los campos de los Urales y de la Siberia.

Y esa estela de cambio, de victoria al entrar primero en la Berlín de Hitler, hizo que las generaciones posteriores de jóvenes que crecieron en el naciente conflicto ideológico entre Estados Unidos y la ex Unión Soviética, vieran en ese modelo una alternativa diferente al dios dinero, al consumismo, a la opresión que ejercen las clases dirigentes que manejaban y siguen manejando a estos países; en fin una intención de enfrentar la pobreza, la ignorancia, la muerte por enfermedades endémicas, la miseria. Así fue que tanto Castro como Ernesto el Che Guevara lideraron esa revolución que llegó al poder en la primavera de 1959, al derrocar al dictador Fulgencio Batista quien había convertido a Cuba en el burdel de la mafia de Miami.

Así empezó toda una estela de enfrentamientos que por poco escalan a nivel nuclear, como la crisis de los misiles en 1963, y luego en el embargo económico que por décadas Estados Unidos le aplicó a la isla, con el propósito de apretar al régimen de Castro para supuestamente tumbarlo rápido. Y ya han pasado 58 años y no sucedió.

Como balance de la revolución que encarnó, Cuba universalizó la educación, logró desarrollar con las limitaciones propias del embargo una medicina reconocida en el mundo, y ni hablar de los atletas, del béisbol, del boxeo, de la música.

Pero también su lado oscuro pesó y aún lo hace a lo largo de las décadas: los miles de presos políticos, las torturas, las ejecuciones extra sumariales, la corrupción propia del sistema comunista, donde las camarillas manejan el mercado negro de productos, mientras que el pueblo debe hacer fila para que le den un pedazo de papel higiénico o lo que es peor, comida. Y de paso los negocios alternos que surgen cuando las libertades son reprimidas: la prostitución y el narcotráfico. Mucho debe explicarle a la historia Raúl Castro por el narcotráfico y el paso expedito de cargamentos de droga rumbo a Estados Unidos, sin que nadie sepa. O bueno, supieran, como el general y héroe de la revolución Arnaldo Ochoa Sánchez y el coronel Antonio de La Guardia, ambos fusilados por sus relaciones con el cartel de Medellín y quienes eran muy cercanos al hoy presidente cubano.

Pero también el balance negativo llega al exilio. Recordados son los dos Marieles, la apertura de fronteras si se puede decir así, para que –en palabras del mismo Fidel- el que se quiera largar, se largara. De esa forma nació una casta, la de los balseros, familias enteras que armaron lanchas, botes, balsas, con neumáticos y llantas viejas, e incluso camiones a diesel con superflotadores gracias a la siempre ingeniosa ingeniería cubana y así buscar alcanzar las costas de La Florida. Centenares se ahogaron en el intento. Miles lo lograron. Y desde allí la pelea entre sistemas y entre gobiernos se trasladó al terreno humano.

Fidel Castro pasó a la historia, para bien o para mal. Minimizar su figura a este concepto maniqueo que lo endiosa o que lo crucifica como las redes explotaron cuando se conoció de su muerte, es de una miopía ofensiva. Hoy, los congresistas uribistas deben estar haciendo fiestas, como siempre que algo les sucede a quienes odian, porque eso son, seres enfermos llenos de odio y de una ignorancia ofensiva, como la señora María Fernanda Cabal, quien debe estar asando la paila en el infierno para enviar a Castro y a donde se supone mandó a García Márquez cuando murió. Gastar más letras en alguien a quien le falta más de un hervor como persona y de una estatura política y humana microscópicas no vale la pena. (Cuán diferentes serían las cosas si los medios no siguieran siendo los idiotas útiles de ese juego provocador por repetir como loras mojadas cualquier idiotez que personajes como la mencionada digan o hagan).

Pero tampoco hay que comerse el cuento entero de los de la otra orilla, los del margen afín a los Castro: que Fidel fue un adalid de la justicia, un santo, un humano inmaculado cercano a Cristo. Nada más lejano de la realidad: cometió errores tremendos en el manejo con mano de hierro de la isla, a punto estuvo de hacer estallar la Tercera Guerra Mundial y esa vez con armas nucleares que no nos tendrían escribiendo hoy, y también reprimió, exilió, desapareció, torturó. Fidel Castro comandó su juego, con su personalidad, con su físico imponente, con su verborragia y prosa infinitas, con su forma de ver el mundo. Para unos ganó, para otros perdió, y para los resultados de la misma historia que será quien lo juzgará, empató.

  • *Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.
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