Edición 368

Ojo con Rock al Parque

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Nadie, ni ajeno ni cercano, podrá negar que Rock al Parque es el festival roquero más importante de Colombia y de América Latina y que durante 22 años ha forjado a varias generaciones de amantes de la música, como de intérpretes, que todos los años van a las convocatorias con sus sueños e ilusiones y mucho trabajo con el fin de lograr tocar durante el puente festivo de junio-julio.

Pero también hay señales que inquietan y que ameritan la movilización y presión desde los espacios democráticos, participativos y fiscalizadores sobre lo que está ocurriendo con este ícono de la cultura bogotana, colombiana y latinoamericana.

Y esas señales vienen de antes de esta versión, que es la 23, y con mucha antelación de lo que la actual administración quiere pasar con bajo perfil y fue el oso tamaño monumental de invitar al artista con 40 años de trayectoria, el venezolano Paul Gillman y luego bajarlo del bus con una falta de respeto injustificada. Ya opinaremos al respecto.

Realmente, lo más importante es reparar en esas señales que vemos desde Buque de Papel con el que completamos este año la décima versión de cubrimiento ininterrumpido. Así que hay conocimiento para expresar nuestras inquietudes:

-El cartel.

Los curadores se defenderán, como es su tarea, de a quienes eligen y a quienes dejan por fuera. Pero hay deuda con grupos argentinos y mexicanos íconos del rock, ni hablar de españoles, o anglos, que morirían por venir a tocar. Pero claro, esto no lo sabe todo el mundo, cobran y no son baratos. Y en épocas de ajustes presupuestales y conceptos de gobiernos nacionales o distritales que dicen que no hay plata (claro, para cultura, salud, educación nunca habrá) es prácticamente imposible hacer el esfuercito.

Caso aparte merece el sábado del metal. Hemos dicho que este género ya merece echarse los pantalones largos y tener un metal al parque de tres días es una nota pendiente hace años. Han venido referentes y a pesar de ser el día más pesado, es el de más lleno de asistentes y el de mejor tolerancia.

-Mayor promoción y medios para eventos donde hay que pagar.

Preocupa que eventos como Estéreo Picnic sigan creciendo. Y no porque no lo merezca. Es un evento válido como todos y con toda la logística de Caracol como grupo empresarial detrás de bambalinas. El cartel de bandas es multifacético y han venido los mejores del rock actual. Entonces, para quien paga, sí hay derecho de ver las mejores bandas. Para quien no, se ve lo que gratis se puede y lo que paga el Distrito en su interés. Esto crea una nueva división de estratos que se suponía cerrada estaba con los tres días de Rock al Parque. O será como me dijo un roquero que ha participado en varios festivales ¿lo gratis sale caro, es decir, el público se acostumbró a todo gratiniano y por eso la industria cultural roquera no despega?

Ahora, caso aparte merece el potrero inundable donde se hace Estéreo Picnic y salen los reportes de los medios aliados, todas las veces, alegando que Bogotá no tiene escenario para conciertos. Falso. El Parque Simón Bolívar lo es y lo demuestra todos los años con Rock al Parque, con Metallica, con Iron Maiden, Def Leppard, en fin. Una inversión en baños, infraestructura y zona de comidas y queda hecho un lulo. Pero estos medios no cuentan la cantidad de droga y de alcohol que sí se vende en el Estéreo Picnic, reflejo de una sociedad consumista estrato 6. En el Parque hay control de horario, en el potrero sabanero no.

-Creer que el universo nació cuando hay nuevo alcalde y administración.

Desaprovechar 22 años de experiencia, de construcción, de aprender de los errores es nota predominante para cada administración de turno. Los funcionarios que llegan a Idartes, Secretaría de Cultura, en fin, no se toman ni el trabajo de analizar, aprovechar el know how construido por más de dos décadas y en especial a la gente que ha estado de cabeza en edificar a Rock al Parque donde está. La metida de pata de la actual cabeza de Idartes con el caso Gillman demuestra una improvisación inusitada, y si se quiere, un manejo poco profesional.

Sin ir más allá de ver quién tiene la razón, si Julio Correal y su campaña virulenta por redes, totalmente política para bajar del cartel ya anunciado al venezolano promadurista; o la del artista mismo con más de 40 años de trayectoria y quien revela en El Tiempo que Idartes le envío una carta pidiendo manejar todo con bajo perfil, que no se supiera el tema y dándole contentillo con una próxima presentación, sí hay que decir que el papelón es el más grande que se recuerde en 23 años del festival. Y la pregunta básica ¿los curadores no estaban informados de quién es Gilman, su hoja de vida intachable de 40 años en la música, y de paso su postura política totalmente definida? Entonces, ¿hubo curaduría, información al respecto? No lo creo. Y además, qué manejo tan pésimo de comunicación, tanto de la mentada carta si es real, como del video de la directora de Idartes dando explicaciones por redes y la falta de criterio para no invitarlo desde antes y dejar de ponerlo en el listado inicial de bandas

confirmadas, y mucho menos firmeza para no ceder a la presión del intocable Correal.

-Desaprovechar 400 mil aficionados del rock y exponentes del género durante 362 días más.

Este ya se volvió repetido. Todos los años nos cuestionamos por qué el Festival en realidad se hace una vez al año y nunca se aprovecha el resto del tiempo, 362 días después, para construir una verdadera política pública e industria cultural roquera, teniendo todos los elementos para hacerlo. Les propongo un reto: que me digan cuántas bandas roqueras nacen todos los días en Colombia, y nadie conoce su número y poco o nada las conocen.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.