Edición 369

El dilema de los colados en Transmilenio

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Colarse en Transmilenio o cualquier sistema de transporte masivo trasciende el simple acto de falta de dinero y la necesidad de llegar a destino y esconde un monstruo de mil cabezas que está mordiendo en forma silenciosa unos principios y valores que conforman lo que llamamos "sociedad".

Viajo en el sistema desde su creación en 1999 y mi sensación al respecto del servicio se ha transformado como la ciudad en estos 18 años: de creer que por fin se le daba un orden al caos del transporte público, del final de la Guerra del centavo, que dejó varias decenas de muertos, pasé al temor que me da subir a un articulado luego de las 8 y 30 de la noche cuando rueda por la Avenida Caracas hacia el norte o va al 20 de Julio, rumbo al sur.

Y no es por la inseguridad que se presenta a cualquier hora del día con el cosquilleo o el atraco abierto y descarado sin que haya capturas, denuncias, ni judicializaciones, si no por lo que escuché una noche: dos jovencitas clase media, estrato 4, que se ubicaron detrás de mí en la fila del SITP de conexión en la Avenida Eldorado. Nuestro destino, Modelia. Viernes en la noche y una le dice a la otra: "¿sabes cómo ponerte detrás? No se te vaya a olvidar...". –Vamos a robar otra vez a Transmilenio, jajaja-. Se lo merece, con ese servicio de mier... Por eso hay que colarse-. Lauraaaa, tan violenta...".

Dicho y hecho, las dos chicas se pegaron a la registradora del SITP y para adentro. Allí confirmé mi temor: lejos de la pilatuna de adolescentes (yo también me colé en los buses urbanos de antes por la puerta trasera o mis abuelos en el tranvía bogotano, cuando eran chinos) se ratificó el monstruo de la anarquía.

Hoy no hay cifras oficiales de colados al sistema. Y menos existe una caracterización por estratos o niveles socio culturales. Los colados se presentan en todas las capas sociales, en las estaciones de la Autonorte como en las de Ricaurte, Biblioteca Tintal, Calle 40 Sur, Granja Crr 77, Calle 39, Salitre El Greco y Av. Jiménez, entre otras.

Es increíble las diferencias en las cifras sobre colados: mientras la Policía Metropolitana reportaba 5 mil colados cada día, en informaciones de prensa de El Espectador el 16 de enero de este año, cuando fue asesinado el funcionario Leonardo Licht Hoyos al intentar oponerse a unos antisociales. Luego, en el portal de RCN Radio,10 días después, la misma Policía mágicamente bajó la cifra a 730. No obstante, expertos independientes, como Darío Hidalgo, consultor del Banco Mundial, calculan que el 15% del billón y medio de viajes anuales del sistema (Transmilenio y SITP) son clandestinos. Una cifra que dobla el promedio mundial de la industria de los sistemas masivos de transporte que calcula entre un 6 y un 7% el promedio de colados.

Si le damos la oportunidad a la cifra mágica reducida de 730 colados diarios (no la cree nadie) serían 21.900 mensuales, muy por debajo de la reconocida por el Distrito de 35 mil.

El tema se agranda con las agresiones. Al año 186 policías son uniformados por intentar frenar a los colados y más de mil ataques a funcionarios del sistema se registraron durante 2016. Por ello expertos en el tema, como el exalcalde Paul Bromberg consideran que no solo es con cultura ciudadana (es mockusista) como se soluciona el tema, si no con aplicación y rigor de medidas por parte de las autoridades. El Código de Policía contempla una multa de 196 mil pesos a quien sea sorprendido colándose. No he visto el primer policía poniendo uno de los 3 mil comparendos que dicen haber puesto.

La administración del sistema lanzó hace pocos meses la campaña, Por los Colados todos pagamos el Pato, con dummies y gente disfrazada, afiches y puertas supuestamente anticolados, todo para mostrar mediáticamente resultados. Hoy, esos resultados dejan mucho qué desear: dice Transmilenio que se redujo el número de colados, durante el primer mes de la campaña y que se han impuesto más de 3 mil comparendos para los colados. Una cifra ridícula frente a los más de 30 mil colados que reconoce el Distrito cada mes.

Esto es anarquismo y no precisamente el que respeta los semáforos. Es anarquía que no contempla principios, valores, ni normas. Es rechazar lo establecido porque sí, por moda, porque se da la gana. Otra niña de no más de 20 años en la estación de Aguas se enfrentaba a la Policía que la había detenido y al grupo de sus amigotes cuando se colaron. Invitaba a todo el mundo a entrar sin pagar, a saltar la registradora electrónica, desafiando al patrullero que la escuchaba impávido. Anarquía que llega hasta los medios, como el artículo publicado en Las Dos Orillas en mayo de este año (y no le doy publicidad a quien lo escribió) que define como fascismo y otra sarta de sofismas al simple hecho honesto de pagar por lo que se usa. Es un determinismo que minimiza el tema y justifica el delito porque la tarifa es muy cara, porque nos alienan con el sistema o porque es un tema cultural, sí el mismo de robar en sus justas proporciones. ¡Y hoy nos quejamos de la corrupción!

Es esa anarquía que rompe cualquier principio liberal de respeto incluso por la vida de Licht o de los muertos que al colarse fueron arrollados por los buses. La anarquía no es revolución como todo el mundo cree: es subvertir por subvertir, es establecer el caos, donde robos, violaciones y asesinatos son permitidos. Y colarse es un robo. No tiene otro nombre. Colarse representa la anarquía que no hay que permitir y donde son las autoridades las llamadas a actuar de verdad. Hoy la cultura ciudadana no está funcionando porque la intolerancia y violencia no la respetan.

Jorge Eliécer Gaitán decía que "quienes producen este mismo clamor ante este problema moral no enuncian una frase vana de significación teórica. Precisamente cuando los valores fundantes de una sociedad se relajan o se amenguan, se produce como consecuencia inexorable la anarquía".

¿Y las autoridades distritales? Bien, gracias. Haciendo otro render mediático de unos sueños para Berna, Suiza, no para Bogotá.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.