Edición 371

La mejor noticia de los últimos 50 años

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La frase puede sonar a cajón o si se mira desde otra perspectiva resultar lapidaria: la salida del último contenedor con armas de las Farc, supervisado por ONU, supone el fin de este grupo ilegal como movimiento armado. Y seguimos sin creer en que es verdad.

El síndrome de la Patria Boba nos sigue persiguiendo como sociedad y como pueblo que ha buscado una independencia desde hace más de 200 años y no la consigue: la historia ha demostrado que la sociedad entera y sus gobernantes –que son producto y reflejo de lo que es esta misma sociedad- sigue esclavizada de sus veleidades, mesianismos, odios enconados, envidias que carcomen más que el cáncer como acuñó Cochise y crímenes ferpectos que más que ser una comedia bufa como la cinta española del mismo nombre, son un escenario más en esta tragedia de navegar sin saber para dónde.

Las imágenes fueron dicientes, o al menos eso quiero creer: el último contenedor con armas de las Farc saliendo del campo rumbo a su fundición marcó el final de ese camino de más de 53 años de guerra intestina con este grupo y que fue producto de otra no menos visceral y de la que no hubo verdad, justicia y menos reparación, como la violencia política de los 50 y su engendro, el Frente Nacional.

Esta guerra -la de las Farc- llegó a su final, hay darle la vuelta a la página y seguir tragándonos sapos, confiar en que cesó esa horrible noche y rogar para que no se repita. No obstante, el temor sigue latente: la guerra cambió de camuflado; las hoy disidencias se enraízan en zonas cocaleras y lejos se encuentra el Estado de brindar y construir un verdadero posconflicto; ese, el posconflicto, no solo lo adelanta es el estamento con megainversiones sociales en el campo, con cambios estructurales en los sistemas de salud, educación y empleo; el posconflicto también lo debemos construir todos con actitudes y acciones que nos encaminen como integrantes de esta sociedad a resolver preguntas tan sencillas como si toleramos que de vecinos, compañeros de trabajo, prestadores de servicios o hasta novios o novias de mis hijos, o abuelos de la cuadra sean esos muchachos y hoy ancianos desmovilizados producto de esta guerra.

Seguiremos viendo caletas, cuentas secretas en Suiza u off shore en Panamá con la riqueza de la cúpula ex guerrillera y soldados rasos que recibirán subsidio estatal como los paramilitares lo hicieron por dos años, pero los mandos medios, acostumbrados a manejar millones en rama y generar terror se pondrán la camiseta del otro bando: Úsugas, Golfos, Bacrim, neoparamilitares y se repite el mismo proceso del fracaso de desmovilización de AUC, nunca completo, siempre imperfecto. Y la pregunta: entonces ¿estamos condenados como país a seguir en lo mismo?, ¿había que dejar matar más colombianos o hacer el esfuerzo de parar la velocidad de esa máquina de guerra?, ¿Se aprendió de errores y desmovilizaciones de bloques ficticios?, ¿Vivimos el engaño o creemos en que de verdad vendrán a hacer política y jugar fútbol profesional y no seguir extorsionando, matando, secuestrando?

Como me dijo un colega periodista: es cuestión de fe, compañero. Hay que creer. Miles más lo hacen, otros miles viven presos de sus resquemores y odios eternos.

Hemos cubierto tanta muerte, tanto dolor, tanto odio, que se nos pega como una baba pegajosa que no nos deja ver más allá y la mente y el corazón se resisten a poder confiar. No obstante, al apreciar ese último convoy con las armas sí siento que es la mejor noticia de las últimas cinco décadas como dirían los mayores que vivieron el germen de esta guerra de la que se cierra un capítulo, pero que falta mucho para acabar.

  • *Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.