Edición 355

Diez años de impunidad

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Cuando uno conmemora una fecha en Colombia, generalmente se hace para recordar un hecho que marcó a sangre y fuego la historia del país, y casi siempre fueron noticias de dolor y muerte, muy rara vez de risa y alegría.

Esta semana conmemoramos un hecho más, uno de esos tristes que uno no quisiera evocar, pero que es necesario hacerlo por aquello de la reconstrucción histórica o la recuperación de la memoria para que no se vuelvan a presentar: se cumplen 10 años del asesinato del humorista Jaime Garzón Forero.

Ha pasado una década desde que las balas asesinas madrugaron a robarle la risa y el apunte, a privar al país de una mirada crítica, y a los amigos a dejarnos un vacío en el alma. Y eso era Garzón para todos los que trabajamos con él en Radionet, el hermano alegre, el que siempre sale con el chiste, el chascarrillo, y que a punta de humor nos hacía pensar en ser mejores periodistas. Jaime no fue periodista, pero ejerció y con creces las funciones de hombre de medios. Desde que iniciara en radio, en Caracol, con Yamid, por allá a finales de los 80 y comienzos de los 90, y luego en Radionet, desde su comienzo hasta el día de su asesinato.

Pero lo que más duele no es en sí la muerte, atroz, como todas, sino la impunidad e impotencia de una justicia que en Colombia cada vez es más sorda, ciega y coja.

Y aquí sucedió como en todos los grandes crímenes, donde se plantan pruebas, se le echa la culpa a alguien más, se presiona y asesina a testigos, y en dado caso se corrompe a quienes deben impartir eficaz y equilibrada justicia. Así pasó con Gaitán, Galán, Pizarro, Antequera, etc, etc, etc. Y la cuenta sigue.

Con Jaime pasó igual: unos testigos que cambian de versión cada tanto, otros que fueron asesinados, unos sicarios a quien se les echó la culpa y desde el principio se sospechó que no habían tenido nada que ver con su muerte, y al final un sistema de justicia que culpa al capo paramilitar  Carlos Castaño, quien lo negó muchas veces y fue a su vez asesinado, para que no hablara de tantas cosas que orquestó y financió y masacró.

Sí, el mismo Jaime dijo que Castaño ya lo tenía en la mira, como hizo con la congresista Piedad Córdoba, como ordenó el crimen de tanto personaje de izquierda, sindicalista, indígena, maestro, como Alfredo Correa de Andreis, ultimado a bala al salir de dar clase en la Universidad del Atlántico. Castaño tenía amenazado a medio país a finales de los 90.

En fin, cada tanto en Colombia surge un enemigo público número uno, como el mexicano, como Pablo Escobar, como las Farc y el Eln, como los paramilitares, y ahora rearmados y llamados bandidos emergentes, a quienes se les echa la culpa de todo: de los bombazos en las ciudades, de los sicarios, de los asesinatos, de las masacres… ¡Y cuantas veces esa misma justicia chueca logró demostrar lo contrario! Que había sido el mismo Estado el causante de dichos crímenes. Sucede que se les acabaron los enemigos y entonces procedieron a los “falsos positivos”, ¿o cómo llamamos a esos crímenes de Estado, como la desaparición forzada de la que nadie habla?

Sí, es cierto, Castaño y los otros bandidos narcotraficantes paramilitares tuvieron que ver con el crimen de Garzón y de tantos colombianos, pero en ese caso, en el del humorista, a fe que siempre hubo alguien más detrás, alguien que sigue libre y gozando de los beneficios estatales. Como siempre ocurre en los magnicidios: una mezcla de todo es la causante de la tragedia: de políticos enemigos aliados para frenar a uno tercero, de estamentos de seguridad o barbarie, de la ayuda de agencias estadounidenses, de la maldad de un genio del narcotráfico con políticos vendidos a su causa…

Tan inoperante y vergonzante es esta justicia, con todas sus ías y burocracias, y sindicatos de jueces y fiscales, que al condenar al muerto, a Castaño, también se absolvió a los sicarios que intentaron señalar a punta de medios de comunicación sobre su participación  en el crimen, para al final decir que nada tuvieron que ver. Y entonces, ¿dónde están los verdaderos culpables? ¿Resurge la teoría que dice que los vieron entrar al batallón de la policía militar número 13, en Puente Aranda, a bordo de la moto y vestidos con camuflados oficiales?

¿Qué le dirá la conciencia al señor Jorge Enrique Mora Rangel, a quien Garzón le pidió protección horas antes de su asesinato y más bien lo maltrató y humilló en su despacho militar del CAN?

De nuevo las llamadas “fuerzas oscuras del país” privaron a Colombia de alguien que miró diferente la realidad y criticó con humor a ese poder corrupto que sigue en decadencia. Y la gente ahí, sin darse cuenta de nada, olvidando incluso el legado de Jaime, un personaje que hizo malabares con fuego, y al que el país dejó quemar.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro y por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.