Edición 359

Y ahora cobran por el conocimiento

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Es claro que estamos en el mundo en que la cultura hace parte de una gran industria que genera empleo, recursos y divisas. Pero también es cierto que navegamos por aguas donde el comercio a ultranza se está utilizando como una forma de discriminación y dominio.

Este es el triste ejemplo de lo que ocurrió con la vigésimo segunda Feria Internacional del Libro, el evento cultural más importante de todos los años en Colombia y con un hecho que me dejó pasmado: cobraron para ingresar a una conferencia de las programadas en el evento.

Y sucedió con uno de los certámenes que más promocionaban este año, el de la edición de libros para niños, en dónde México nos lleva una amplia distancia editorial. 

Solicitamos información a los organizadores como medio de comunicación, y además de la agria respuesta, nos indicaron que para ingresar había que pagar una inscripción por 150 mil pesos. ¿No es ya bastante con pagar la entrada y no lo digo por nosotros que estamos acreditados, para quienes del común quieran ingresar? Sí, son 5 mil a 8 mil pesos, que no es un monto elevado, pero hasta este año, y durante 21 más, nunca se había cobrado para acceder a una de las conferencias internas. Porque ¿qué gracia está en un evento o feria que se promociona con tanto bombo y platillo si además hay que pagar para acceder a alguna charla académica?

¿No es suficiente con los precios de los libros, demasiado altos para Colombia, y que obliga a ir de familia “Miranda”?

Y no vengan con el cuento que los libros en Colombia son asequibles a 40 o 50 mil pesos, porque los mismos libros, originales y con pago de impuestos, salen una tercera y hasta cuarta parte más baratos en Buenos Aires, por ejemplo.

Una feria se supone que es un recinto donde las editoriales promocionan el saber y al acceso al conocimiento, con precios favorables y con algún descuento en sus productos, que no aplican cuando se acaba el certamen.  Pero aquí, y se volvió tradición, los precios de los libros de lanzamiento son los mismos que en una librería, con o sin feria. Entonces ¿cuál es el atractivo si no son los precios? Me dirán que las ofertas, pero seamos sinceros: es el huesaso, el relleno, lo que no se vendió. Aunque a veces, se encuentra uno tesoros escondidos, pero son muy raros.

Y si no son los libros, ¿no serán las charlas las que pagan la entrada? ¿Y si las cobran, en dónde queda el encanto? Tuve la oportunidad de estar en la feria del libro de Buenos Aires en su edición 35 y a pesar que le competimos con calidad y tamaño, nos llevan ventaja en cuanto a editoriales, promociones y actividades lúdicas.  Se supone que se cambió la fecha de la feria bogotana, tradicionalmente en abril, porque se cruzaba con la argentina, aunque se habló de lluvia. Esta vez también ha llovido, pero menos, y no deja de extrañarme que en vez de mejorar y crecer, atraer a más público y lectores jóvenes se esté cayendo en el comercio a ultranza, en el mercachifle, en sólo generar pesos.

Ojalá que la organización aterrice y sepa que en Colombia, así lo quieran desconocer, la pobreza y la estrechez monetaria de quienes trabajan, la mayoría, no permiten comprar siquiera un librito al año.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro y por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.