Edición 369

Dolor de patria al ver a los secuestrados

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Las imágenes de los policías y militares secuestrados que exhibió la televisión en los últimos días, y desde hace tiempo, cuando esas llamadas pruebas de supervivencia son reveladas a través de diferentes mecanismos, generan un sentimiento de impotencia y muchas dudas sin resolver.

Aquí algunas de ellas: ¿por qué si el país vio la imagen de Ingrid Betancourt demacrada, famélica, con la mirada perdida, y se hizo una movilización mundial como nunca antes se había visto en Colombia, no se aplica con estos humildes hijos de campesinos y colombianos de clase media?

¿Por qué el Estado dejó solos a estos muchachos que dejaron sus mejores años sepultados en la selva, su juventud, incluso hasta el cabello?

¿Por qué no se hacen todos los esfuerzos militares, sociales, cívicos y políticos para lograr su liberación, como se hizo con los integrantes del Congreso que habían sido plagiados?

¿Por qué el grupo terrorista que los secuestró y que es el responsable de esta tragedia no tiene un acto de humanidad y los libera?  Creer que se va a lograr un intercambio humanitario con soldados rasos, cabos y sargentos es jugar a un ajedrez paupérrimo y abominable, como la de todos los demás secuestrados de extorsión que mantiene en cautiverio.

¿Por qué ese grupo terrorista encadenó a los muchachos para presionarlos y hacerlos decir lo que querían que se dijera y mostrarlos encadenados, con el fin –maquiavélico- de despertar lástima  para adelantar cuanto antes el canje?

La impotencia es enorme. Ver como se pudren día con día y nada pasa, y todos, guerrilla, políticos, incluyendo al presidente Uribe, hacen su juego con la libertad de los secuestrados es francamente indignante.

Aquí la vida está pasando a ser uno de los principios fundamentales de nuestra Constitución que se pasa por la faja todos los días, e incluso se le pone precio. Con el secuestro se demostró que hay plagiados de primera, segunda y tercera en el país. Ingrid y los gringos eran de primera; y los soldados como Moncayo y el triste general Mendieta, de tercera.

Y hay precio, cuando pagando 150 millones de pesos se olvidó el asesinato de un hincha furioso que insultó a Javier Flórez, jugador del Junior por haber perdido el campeonato con el Once Caldas. Esa fue la multa que impuso un juez y al pagarla, hubo libertad condicional, como si asesinar fuera una contravención. Por eso andamos en lo que andamos.

Los colombianos deberíamos presionar y hacer una verdadera movilización para que se produjera la libertad de todos los secuestrados. Llegar a un acuerdo social, a unas reglas de juego claras, para que nunca más hubiese un plagiado en el país. Pero a veces, pensar ello, es hacerlo con el deseo. ¡Qué triste ver que nuestra solidaridad social deja mucho que desear!

Colilla: A propósito de dolores, el de padre de familia y de ciudadano me hace doblar cuando pienso en la niña de diez años atropellada, asesinada y abandonada en plena Carrera Séptima con calle 56 en Bogotá, sin que nadie hiciera nada.

La indolencia e indiferencia es un cáncer que nos carcome todos los días. Cuando vi la noticia no lo podía creer: en principio se dijo que el taxista la arrolló, huyó del lugar, mandó a lavar el carro para borrar las pruebas y después regresó al sitio haciéndose pasar por testigo. La Providencia es enorme, porque los policías e investigadores de la vial sospecharon desde un principio y al revisar su carro descubrieron pedazos y trazas del uniforme escolar, de la maleta y de la misma pequeña. Al final confesó su crimen, que no es el atropello, eso nos puede pasar a cualquiera, sino fugarse y dejarla moribunda en pleno asfalto.

Pero la segunda parte es más espeluznante. Algunos testigos –no siempre hay que creerles porque quedan traumatizados y eso está estudiado- afirmaron que quien atropelló inicialmente a la menor fue una buseta de transporte público. Y donde quedo pasmado, es ¿por qué nadie a bordo de la buseta dijo o hizo algo? ¿Por qué nadie gritó que la había atropellado?, ¿Por qué nadie se bajó y buscó a alguna autoridad? A esa hora, seis de la mañana, en la Carrera Séptima los buses van a reventar. Entonces ¿nadie vio nada? ¿Todos los pasajeros siguieron como si nada, como si se hubiese atropellado un bulto de papa? Pudo haber sido algún hijo o hermanito de esos zombies llamados ciudadanos insolidarios. Por un perro hacen más escándalo. Y a pesar que la policía busca al homicida, nadie ayuda. La solidaridad no es la marcha de doña Nidia Quintero, o dar monedas. La solidaridad es denunciar el crimen, y el de la niña fue un ASESINATO doble, por su muerte y su abandono, que es el peor.

¡Qué indolencia! Por eso, este país va de culo para el estanco en valores humanos. ¡Se esfumaron y nadie hace nada!

Por eso hay que reflexionar en el mes que se dice de “amor y amistad”.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.