Edición 364

El paso inexorable del tiempo

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Al preparar esta edición de Buque de Papel no puedo quitarme de la cabeza la imagen de Manuel H., el día del sepelio de su señora.

Eso fue hace 4 años, cuando laburaba en la agencia de noticias Colprensa, y el jefe en ese entonces, el periodista Víctor Diusabá, extremista de la tauromaquia no podía dejar de acompañar al mejor fotógrafo del llamado “arte de cúchares”.

“Se murió la esposa de Manuel H., vamos”, me dijo, más que como orden, como invitación respetuosa y que el espíritu obligaba a acompañar.

Aquí no hay cabida, en esta ocasión, para los detractores de los toros, pero que comen carne de vacuno en sus diferentes preparaciones. Hoy el espacio es para el alma y para recordar a parte de la historia de nuestra ciudad y nuestro país que se fue para no volver.

Lo de los toros lo definió y le puso los pantalones largos a lo que comenzó como un hobby de retratar a los tíos, primos y sobrinos. Atrás quedaron sus años de ayudante de la tipografía de su padrino y de dónde aspiró todo el plomo que pudo, y que finalmente lo doblegó en infección a sus 89 abriles.

Obturar a su tocayo Manuel Rodríguez, pero torero Manolete, acodado en la baranda de la Santamaría, mirando y despidiendo al enemigo que acababa de despachar, lo inmortalizó para siempre. Y le dio una fama que lo salvó de ser linchado en el 9 de abril y arrestado y desaparecido en la matanza de los estudiantes de Rojas Pinilla, en el 56, cuando la censura directa era pan de todos los días. Hoy se ejerce con maneras más sutiles, como la asfixia económica o la estigmatización.

Y mientras íbamos para Capilla de la Fe, donde también fue velado este fin de semana, Diusabá me confesó que no le ponía más tiempo de vida a Manuel, porque su compañera era su motor desde hacía más de 6 décadas.

Al verlo sentado en el sofá, encorvado, se le notaron los años. Ya no era el ágil y bien parecido fotógrafo que se hizo a pulso, y que lo llevó a elaborar el “Decálogo del reportero gráfico”, como su testamento para unas nuevas generaciones de comunicadores más preocupadas por figurar y aparentar que por hacer el trabajo.

Porque eso era Manuel H., un comunicador de la imagen, de la foto, del instante de vida que se le roba a los indios, a los ex presidentes, a los políticos, a los muertos mientras vivían, como Gaitán, como Galán; o en la vida muertos, porque llevan un peso enorme en el alma, como Belisario con el Palacio de Justicia, o como Uribe y sus cada vez más notorias malas caras y angustias de poder.

Hasta último momento manejó la “Rollei”, su cámara alemana, y otras más, cuando salía a dar una vuelta al centro, o se metía en un cine, ya no los enormes como El Embajador, o el Mogador, sino los multiplex de video y pantalla chimba.

Lo saludamos con Víctor y luego a él y a su hija Aura, los invitamos a almorzar en el Carulla del frente. La mujer, madre de Manuel Alejandro, el nieto que sigue los pasos del fotógrafo, estaba preocupada. “Don Víctor, yo le pido que ayude a mi papá para que saque un libro y no se pierda todo el trabajo histórico que ha hecho en gran parte del siglo XX. Él ahora está muy triste y no sé qué pase”. Y mientras tanto Manuel H. la miraba callado y masticando su sánduche. Parecía un autista. La economía familiar marchaba pero era apretada. Los tiempos de los estudios fotográficos familiares y algo boyantes habían quedado en el olvido. Su gabinete olía a viejo y a humedad, y las goteras amenazaban con desplomarlo. De vez en cuando algo de pintura y nada más.

Diusabá dijo que lo haría, que no se preocuparan y que le compraría algunas fotos para el servicio de la agencia, su archivo y hasta personales. Pero no paso nada más y nunca hubo libro. A mi se me revolvieron las tripas históricas. No puedo, hoy con Manuel muerto, dejar de pensar en qué pasará con su estudio. ¿Su hermano Luis –ya mayor- seguirá adelante con su nieto Manuel A. y Aura?, ¿Lo venderán?, ¿Lo mejorarán con el advenimiento digital y del que era tan reacio a aplicar en vida? ¿O pasará como todo lo histórico aquí, es decir se perderá en el polvo de los años?

Por eso recogí las entrevistas que le hice en vida, aquellas del 9 de abril para hacer un libro sobre Gaitán y la fotografía que está en proceso de edición y a la espera de publicarse, y de una novela sobre esos años y esa lucha de quienes construyeron a pulso el país, como nuestros abuelos, como Manuel H. Claro, aparecerán cuando haya plata porque las editoriales si no tienes nombre o rosca te ignoran.

Por eso publicamos en este número algunos apartes de esas conversaciones en su estudio húmedo del centro bogotano.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.