Edición 363

Salvado por un pelo

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Me salvé de morir por un segundo, o por un pelo. El afán, con algo de conciencia inconciente evitó que un taxi que se volcaba me cayera encima en pleno centro de la ciudad.

Y hago esta analogía porque bajaba por la Calle Sexta rumbo a la oficina donde trabajo actualmente, y al llegar a la esquina donde cruza con la Carrera Quinta, fui conciente del semáforo que estaba en rojo para los vehículos que toman la carrera y en verde –y circulando- para lo que pasan por la calle, en ambos sentidos. Por un segundo dudé en pasar, por cuanto los carros que bajan, a veces cruzan sin importarle un bledo el peatón y le echan el carro por encima, pero con la inconciencia de ir tarde a laburar, pasé mientras giraban a la derecha sin aminorar la marcha.

Una vez en el otro andén –no más lejos de dos metros en una vía trazada desde la colonia en la tradicional Candelaria- observé a dos policías de tránsito que acababan de desayunar en uno de los metederos del sector. Palillo en boca, eructaban a gusto cuando su rostro se transfiguró, creo que junto al mío, cuando escuchamos el chillido de las llantas frenando y el fuerte impacto.

De espaldas sentí la ráfaga e instintivamente volteé a mirar: aprecié un manchón amarillo pasar y escuchar al instante el estallido de vidrios y el golpe seco contra el muro de la casa colonial esquinera.

Al segur girando, vi un auto blanco con la trompa sumida y al joven conductor, con una señora de pasajera, pálidos como la muerte, y gritando que el taxista se había pasado en rojo. Los policías les dijeron que tranquilos y fueron de inmediato a auxiliar a los ocupantes del taxi. Era un Hyundai, de esos que llaman “patines” y estaba volcado de lado. El chofer, joven, intentaba abrir la puerta para salir del mismo. Y la pasajera, una mujer también joven, recostada contra el ventanal sobre el piso.

Sobre el semáforo, tres mujeres, también pálidas, sentadas sobre el andén y sonriendo nerviosamente, sólo atinaban a decir que se habían salvado, por no pasar cuando podían hacerlo y tenían la vía, sí puede decirse.

Y yo, parado en la esquina, con la espalda mojada y con un corrientazo que subía y bajaba. Si me demoro unos segundos más en pasar, el carro me cae encima, porque voló por donde crucé y se fue a estrellar contra la casa. Y todo porque el “taxista”, que subía por la Calle Sexta se creyó Montoya, o cualquier busetero, o colega irresponsable, y giró en un cruce que es prohibido por señal y por lógica. Pero estamos en Colombia y todo el mundo, incluyendo carros oficiales y de policía lo hacen sin importar la señal de prohibido girar a la izquierda. El taxista calculó que como venía en verde y no bajaba nada –al menos no se veía desde los árboles- le iba a ganar a cualquiera que bajara, sin tener en cuenta que es un descenso bastante prominente y no falta el que venga también rápido, como el carro blanco, que como una exhalación –cuentan las muchachas- apareció de la nada.

Y lo confirmo: Bogotá perdió lo que ganó con años de trabajo y millones de pesos en inversión en cultura ciudadana. Las alcaldías de Mockus y Peñalosa siguieron por esa senda, que Garzón y Moreno Rojas dejaron perder totalmente. La ciudad volvió a ser la del 89, 90 y 92, una jungla de cemento donde la intolerancia era el pan de cada día. Nadie respeta las señales de tránsito, todo el mundo hace lo que le da la gana, incluyendo a las autoridades que son las que dan mal ejemplo (miren a los policías en moto y cuenten cuántas infracciones de tránsito cometen en pocas cuadras) y se despotrica de todo y de todos.

Qué tristeza que esos primates que vienen de otras ciudades sean los que acabaron con esa cultura ciudadana. Llegaron a destruir y a hablar mal de la ciudad que los acogió y en la que malviven y trabajan, o rebuscan. Pero son los que violan las cebras, pasan en medio de los andenes elevados de Transmilenio y cuando les hacen la reconvención, actúan como lo que son: bárbaros incivilizados.

Y quedó confirmado cuando al pedirle la cédula de ciudadanía y los papeles al taxista, éste con una risita estúpida, vomitó su acento que delató su origen y reconoció que era del Tolima y que hacía poco manejaba el taxi en una ciudad –que no es su pueblo- que no conoce. Pero lo peor, es que tanto en la capital del país, como en su vereda, ese bárbaro viola las leyes sin importarle nada, así sea su propia vida o la de quienes transporta, o la de quien camina por una calle, tarde. Rumbo al trabajo.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.