Edición 369

Se necesita la diplomacia de la acción

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Las medidas frecuentes y contraproducentes adoptadas por el gobierno de Venezuela, y que afectan seriamente la actividad y vida comercial, como social de la frontera ameritan una diplomacia que trascienda las declaraciones y llegue a la acción, a la práctica.

Los reveses y medidas de restricción al comercio, y ahora a la movilidad de miles de colombianos y venezolanos que a diario cruzan los puentes fronterizos deben ser causa suficiente para hacer todo lo posible –por los canales diplomáticos- para restablecer las relaciones.

Y es que las cifras hablan por sí solas: cada día de cierre en la frontera significa una pérdida calculada por los analistas y expertos económicos de 4 millones de dólares, sin contar con los empleos que se pierden cuando la gente no llega a tiempo a sus sitios de trabajo, o los negocios que se traspapelan porque no se puede pasar un repuesto para reparar una tractomula varada.

Las medidas adoptadas por el gobierno de Hugo Chávez son a todas luces contrarias a la hermandad que proclama y no tienen gran significado, porque su efectividad, supuestamente para controlar la industria nacional y producción propias de bienes y servicios venezolanos dejan mucho que desear. La industria del vecino país está a años luz de ser autosuficiente y ahora les sale mucho más caro comprarles a los argentinos, que a los socios naturales, como somos los colombianos.

Venezuela, a pesar de sus millones de petrodólares vive quizás el momento más aciago de su historia moderna: con todos esos recursos y el gobierno anuncia racionamiento de agua y de energía en Caracas, la capital, durante seis meses inicialmente. ¿La causa? Los sistemas de alcantarillado y la cobertura en servicios públicos son pésimos, por no decir cavernarios.

Un país que pasó de ser una economía pujante y de mostrar, con el desarrollo de sus ciudades, calles y servicios en los 70, en plena bonanza petrolera, a uno donde la pobreza es rampante, y la inseguridad ni hablar. Hoy Caracas es la ciudad más peligrosa de América, por encima de Nueva York e incluso Río de Janeiro, Sao Paulo y Ciudad de México. Su promedio es de 180 asesinatos, por cada 100 mil habitantes, cuando Buenos Aires tiene 12 por cada 100 mil, y nuestra Bogotá, aunque aumentó, se ubica en 17, un promedio bajo.

Es más, el coronel de la Policía que había sido designado para combatir precisamente el crimen organizado y la inseguridad fue asaltado y asesinado hace dos semanas, cuando en un sector de Caracas fue interceptado por hombres armados hasta los dientes, como relata la prensa independiente que aún subiste en el vecino país.

Luego de esta radiografía, entiende uno por qué Hugo Chávez arremete cada vez que puede contra Colombia: necesita desviar la atención de sus propios conciudadanos, acerca del descalabro en el que anda la economía y la sociedad de su país, y crear cortinas de humo que escondan lo que pasa. En sus maratónicas jornadas de Aló Presidente, su protagónico programa televisivo, ni un ápice de su situación interna es desvelado. Todo, o al menos es lo que se ve en Telesur, va en contra de sus “enemigos”, y declaraciones de guerra que deben despabilar a la diplomacia colombiana. Más que a Bolívar, el presidente venezolano se parece a José Tomás Boves, su verdadero enemigo, el líder de la llamada Legión Infernal que se enfrentó en armas al libertador y le causó muchos dolores de cabeza, no sólo en el campo de batalla, sino también en las declaraciones y en las palabras.

Extraño la época de doña Carolina Barco, quien callada, pero muy activa, desactivó más de tres bombas diplomáticas con Venezuela y con Ecuador, en donde su acertada intervención nos evitó la imposición de la visa a los colombianos para entrar al país del sur. Al menos lo dejó en el pasado judicial.

¿Qué pensará el presidente Uribe y su canciller Jaime Bermúdez, sobre estas nuevas declaraciones? Sí, como decían nuestras abuelas, no hay que prestarles atención a los locos y llevarles la cuerda, pero ojo, en el vecindario hay muchos que pueden perder la poca cordura que les queda, y mucho más cuando han invertido sus coyunturales riquezas en armas… Y eso no se puede desconocer.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.