Edición 353

Y una noche fuimos campeones

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Cuando Agustín Julio se vistió de héroe y se estiró con su metro ochenta y cinco sobre su lado derecho, rechazando con los dos puños la esquiva pelota, una represión de 34 años estalló.

Con los muchachos que veía el partido gritamos como locos, dejando con cada exhalación y grito tanta tristeza y frustración, tanto gol que nos clavaban en la última jugada del último minuto, del último partido, y nos quedábamos vestidas y arregladas, como novias plantadas, en cuanto campeonato nacional o internacional disputados. Esta vez era diferente: en medio de la euforia, por fin Independiente Santa Fe se consagraba campeón después de tanta sequía. Ni una copa tapita ganamos desde ese 1975, con Pandolfi a la cabeza. Y no lo podíamos creer.

Era otra época, una donde el pundonor deportivo aún existía y no la plata del narco o de las apuestas, o la de los dirigentes que promueven o venden jugadores como pan para ganar plata, sin importar nada más.

Lo más cerca que estuvimos fue en la desaparecida Merconorte, en 1996 y 1999, ambas perdidas en Bogotá y en los malditos penaltis. Una frente al Lanús argentino y otra contra América de Cali, otra vez.

Después, con muchas ilusiones, a finales del 2000 y por esos cambios absurdos del torneo íbamos para campeones por un enredo de puntos y nos quedamos varados, cuando Julio, el héroe de la semana y del año, regaló en ese entonces un gol increíble al Junior. Si ganábamos éramos; al final un empate magro y frustrados.

Desde ese entonces, fue hasta 2005, cuando el hoy técnico flamante y ganador, resistido como jugador por tronco y como estratega por amarrete, Germán “Basílico” González nos llevó a una final de torneo rentado, frente a Nacional. Dos partidos para el olvido y en especial uno que estuvo arreglado para que la copa quedara en Medellín, con dos jugadores de Santa Fe, vendidos después de esa final a Nacional. Qué extraño, ¿no?

Y tengo la autoridad moral de seguir a Santa Fe desde hace más de 30 años, 33 para ser exactos, desde que fui al estadio de la mano de mi viejo y me enamoré del expreso para decir que Basílico, a quien vi jugar, era un defensa bastante limitado y tronquete; y como técnico no me gustaba su ser amarrete, de lo que aprendieron todos con Gabriel Ochoa, a hacer un gol y echarse atrás a defenderse. De no atacar, sino de esperar el error del contrario y pescar algo por allí. De decir que empatar de visitante, cuando se puede ganar es un triunfo enorme. Y ese era el Basílico, mala copia de estratega y hasta de apodo, porque ese remoquete era el apellido de un gran jugador ese sí, argentino, pero con algún parecido físico y por la magia del desaparecido locutor Carlos Arturo Rueda C, quedó bautizado.

Hoy, don Basílico, pero González nos calló la boca a más de uno. A pesar de sus declaraciones absurdas, medio cristianas y puristas con la que nos llevó a lo largo del torneo, de que todo lo que hacía era por Dios, hasta la tonta de que Santa Fe jugaba como el Manchester United, demostró que es un trabajador a carta cabal.

Tomó un grupo desmotivado, ya conformado por el ojo de otro hablador del fútbol, como es el Bolillo Gómez, y lo puso a jugar, algunas veces muy mal, y otras de un lirismo sorprendente. Y nos calló la boca, porque ir por debajo dos goles y con nueve jugadores y con cambios rápidos y acertados, como meter al pelado Omar Pérez y a Mario Gómez le dio la vuelta a un partido irremediablemente perdido, como el de la final de la Copa Postobón, contra el Pasto. Lo empató y lo de los penaltis era lotería, nada más.

Ahora tiene una cuenta pendiente: la esquiva séptima estrella, la que vale, la de verdad. La Copa Postobón es importante desde hace un año porque da cupo a la copa Nissan Suramericana, torneo paralelo a la Libertadores y vista con seriedad por los mejores equipos del continente, de Brasil y de Argentina. Ese fogueo es interesante, deja plata y posibilidad de ver buen fútbol en Bogotá. Pero seamos sinceros: la que vale es la del torneo, la estrella. Ya estamos clasificados y si no ocurre nada extraño (Nacional y Junior como siempre y con plata) y si se juega con el mismo pundonor de la copa lograda, sí podemos decir que la sequía de los 34 años finalizó.

Por lo pronto, que sientan envidia los de siempre, los que creen que todo lo del pobre es robado y que la copa Postobón no vale, como decían también que ganar la Merconorte, era ganar “la mercopobre” y que al final obtuvieron. Hablamos de los rivales de patio: los ex Millonarios, porque de eso, plata, fútbol, ni nada, tal vez las deudas en impuestos sí son de varios ceros a la derecha.

Ojalá tengan una restructuración a fondo, porque los temas ocultos y manejos raros que tienen su actual presidente y el técnico-dueño “Chiqui” García están acabando con lo poco que queda de un equipo que fue grande. Mientras ese oscuro personaje llamado “chiqui” García siga en el fútbol, el cobro de plata en efectivo y de la cesión de los derechos de los jugadores que él mismo asciende seguirá siendo un mal ejemplo que ya cunde en otros equipos. Y eso, mis amigos que intentaron jugar fútbol y que él paró porque no accedieron a sus pretensiones lo pueden constatar; al igual que el secreto a voces que saben los cercanos al América de Cali, en época de los Rodríguez Orejuela, cuando no fue a la cárcel porque nunca se pudo probar que recibió plata en rama, a diferencia del chequecito de Pedro Sarmiento, quién sí pagó cana.

Un saludo rojo para ti, y en diminutivo, “chiqui” ladrón.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.