Edición 363

El susto del Apocalipsis

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A mí me tocó el terremoto de Pereira, en febrero del 95. Me agarró en Manizales luego del almuerzo y cuando salía con un colega del diario La Patria del restaurante de La 14, en el centro comercial Parque Caldas.

No acabábamos de escarbarnos las encías con el palillo para sacar las molestas hebras de la carne asada deglutida, cuando sentimos como si algo hubiese pasado, como si la línea del tiempo se hubiese cortado una milésima de segundo, o como si algo fuese a pasar. Y pasó.

De inmediato escuchamos como una explosión y un rugido ronco, en aumento, de la tierra bramando que nos hizo sentir la fuerza de natura. El susto en aumento. Y luego empezó a moverse todo, y sentimos cómo el piso nos hundía las piernas dentro del tronco, como si nos elevaran una y otra vez el piso de concreto y asfalto.

La gente gritaba y corría desesperada –el desespero es lo que mata- cuando vimos las paredes de las casonas viejas que rodeaban al centro comercial bailar hacia nosotros y nuestra visión de doble dimensión se convirtiera en una de tercera, como en un cuadro del Greco, de figuras alargadas. Caían las tejas encima de la gente al igual que los ladrillos de tierra pisada y uno que otro muro.

Mi reacción fue la de empujar al colega que quedó blanco como papel y en shock: no hablaba, no caminaba, su pantalón mojado en la entrepierna me informaba de su reacción física ante el miedo.

Logré hacerlo correr, aún en trance, hacia el parque Caldas como tal, la placita al frente de la Carrera 21, a dónde llegaba la gente.

Una vez pasó el susto y cuando todo parecía haberse calmado, corrimos hacia el periódico a ponernos el traje de periodista. Las líneas estaban colapsadas y por radioteléfono intentaban comunicarse con el diario La Tarde de Pereira. La radio acababa de vomitar lo sucedido en la capital risaraldense, la más afectada por el sismo.

Tengo familia en Pereira y los celulares en ese año, 1995, eran artículos de lujo para millonarios y no los artículos básicos de hoy. Las redes tampoco eran las mismas y menos. Ni modo de comunicarse, hasta entrada la noche, cuando el extinto Telecom logró hacer funcionar sus comunicaciones entre ciudades.

Después fue el espacio para la crónica y para olvidarse del susto, mientras cerrábamos edición, corriendo y evaluando los daños en Manizales.

Ahora entiendo, y en una proporción muy pequeña, lo que sintieron los haitianos con el Apocalipsis que vivieron el martes pasado. El temblor de Pereira, cuyo epicentro fue una zona rural de Risaralda fue de 5,3 grados en la escala abierta de Richter y con una profundidad de más de 50 kilómetros. Fue duro, causó muertes, tragedias, pero mínimas. El de Haití fue de 7 grados, que sucede tan sólo en zonas muy sísmicas, como Japón, pero con una superficialidad que es la que mata: menos de 10 kilómetros de profundidad de la corteza terrestre.

La imagen de You Tube, y las fotos de Twitter, redes sociales que chiviaron por primera vez en la historia a los encopetados medios de comunicación, de la polvareda generalizada en Puerto Príncipe, derrumbándose como un castillo de naipes, registró la magnitud de la tragedia.

Colilla: ¿Por qué tan sólo dos días después del sismo, y a pocos kilómetros de distancia, el imperio estadounidense anuncia que evalúa la posibilidad de enviar ayuda, y menciona un contingente de tan sólo 100 soldados para controlar el caos de una isla sin ejército y con tensiones civiles que han provocado derrocamientos e intentos de intervención internacional? ¿O por qué tan sólo anuncia 100 millones de dólares, cuando más de 3 millones de personas carecen de agua, de electricidad, de comunicaciones y de comida?, ¿Por qué son negros y pobres? ¿Qué pasará cuando las epidemias generadas por los cuerpos en descomposición afecten a los supervivientes o cuando se acabe lo poco que quedó, o el hambre y la sed terminen por enloquecer a un país en medio de la locura, o las heridas maten a los lesionados?

Pasan las horas y la hipocresía del mundo queda una vez más en evidencia, así los titulares y medios digan lo contrario.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.