Edición 370

Inicio de año cultural

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Desde hace 4 años, en Colombia los inicios del año dejaron de ser absolutamente de bloqueador solar, piscina, borrachera (siempre) comportarse como animales en los  balnearios y pelear de lo lindo en las carreteras y con las familias.

Lejos del llamado “turismo de chancleta” que no es otro que el desorden acostumbrado de nuestra raigambre nacional, enero ha traspasado los límites de ferias taurinas, de ciudades y de más preparativos carnavalescos. Desde ese entonces escuchamos muy tímidamente en las secciones de culos y tetas de los noticieros vomitivos nacionales, que en Barranquilla se realiza el Festival de las letras y las artes, que en  Cartagena se adelanta el Festival Internacional de Música, que patrocina una cadena de restaurantes y que en la Heroica –con participación de Bogotá- se lleva a cabo el Hay Festival.

Que Medellín juega con poemas y flores y que otras capitales, como pandemia gripal empiezan a rescatar el arte, la lúdica y esa actividad tan desvalorizada y casi al borde de la extinción como es la de charlar,  simplemente conversar de algo profundo y no de las marcas de ropa y de los rumbeaderos. Faltan el Festival Internacional de Teatro, Feria del Libro y los “al parque”, que a lo largo del año nos acompañan y deslumbran.  Incluso hay otros más pequeños que intentaremos retratar.

Para todo debe haber espacio, y así como el desorden, el baile, la pachanga, también existen –muy respetable que sea así- no podemos seguir escuchando que nuestra única condición “cultural”, entendiendo a ésta como un todo. Decir a mandíbula  batiente que el baile y el relajo son nuestro ser nacional es mirarnos muy por debajo del suelo, es no querernos y olvidar todo un pasado de poetas, escritores, dramaturgos, compositores de temas que decían algo, o mucho. Es olvidar a las abuelas bailando torbellino o pasillo, enamorarse con esa dulzura propia del campo, que las ciudades se fueron tragando rápidamente.

Ahora, quien me lea dirá que hay una tendencia al anacronismo y debo ratificar que así como los tiempos pasados fueron buenos, no serán mejores que los presentes, si no se olvidan y si se toman como lo que son: guías para un futuro.

El hoy urbano manda su parada. Fue igual hace 100 años que en la actualidad. Hay que estar a tono con la modernidad de los tiempos, sin perder la esencia. Si se ignora, se cae de nuevo en tinieblas obscurantistas. Y en ese ser urbano, de nuestro presente colombiano es que nos reafirmamos para contar una realidad no vista por otros medios, y por el simple placer de hacer periodismo.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.