Edición 359

Todo tambalea

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Tambalea la mentada democracia más antigua de América, pero nadie reconoce que es como todas, una torcida y que acomodan según los intereses de turno.

Lo sucedido en las últimas elecciones demuestra que estamos muy lejos de ser una sociedad civilizada, que retrocedimos años luz en la tan mentada pero prostituida “cultura ciudadana y cívica”. Datos sin confirmar y constataciones avaladas por organizaciones externas, como la OEA, hubo de compro y trasteo de votos, en regiones como la costa Caribe. A hoy, nadie sabe si esa consulta para la autonomía de esa región pasó o no y cómo, y con cuánto.

El mal olor, el tufillo que aromatiza a la consulta conservadora es una realidad. Nadie sabe quién metió el “chocorazo”, o el fraude, a favor de alguno de los dos candidatos o de los dos.

Tambalea la salud, tambalea el deporte, tambalean los valores.

Así tambaleaba el habitante de calle una mañana, bajando la lomita de los puentes de la 26, en el centro de Bogotá, con la debilidad típica de las piernas producida por el hambre, por el chamber o el cococho, el bóxer, o el bazuco, o simplemente por haber despertado otro día en este “paraíso”.

Y tambaleó en el momento en que la buseta a toda velocidad lo golpeó de frente y lo hizo caer de cabeza varios metros más allá. Su muerte fue instantánea. Yo iba en otro colectivo al lado izquierdo de la avenida, y ví el accidente.

Pero mientras paraba para dejar a algunos pasajeros, observé cómo el conductor de la buseta se bajaba y corría hacia dónde estaba el hombre tirado sobre la calle, al lado del andén. De paso, orillado, abrió la puerta, para que otros ciudadanos descendieran. Una señora demostraba angustia y estaba a punto de llorar. La gente estaba sorprendida y de otros vehículos se acercaron rápidamente. Como no había nada que hacer, rápidamente se subieron a los autos, igual que el chofer de la buseta y reemprendieron viaje. Y nadie dijo nada.

El conductor, al verle la cara al pasar, iba tan tranquilo y fresco, como si se le hubiese desinflado una llanta o golpeado una piedra. Si el atropellado fuese un perro, tal vez lloraría y le dolería más.

¿Y el indigente? Con la cabeza rota quedó donde quedó. Nadie lo corrió a un lado de la acera. Esa es labor para la Fiscalía, cuando alguien se condoliera y llamara al 123 y sólo reportara que un muerto adornaba los bajos de los viejos puentes que van a demoler, en una mañana fría, pero no tanto como la condición humana demostrada un día en la ciudad de la “cultura”, en el país “uribista” y del “Sagrado Corazón” que fue entutelado.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.