Edición 363

El cine, mundo alejado y rincón de olvidos

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En el cerebro se abultan sus cordilleras con las sensaciones de las cosas y los sucesos que nos invaden. Van llegando las imágenes y, como fotogramas, se imprimen en las neuronas y allí se guardan como en disco duro.

El cine, mundo alejado y rincón de olvidosCon tal perfección que los virus de la gripe o del aburrimiento no emborronan ni ennnublan las fotos, las caras ni los recuerdos. Los registros de cada archivo el sujeto o la sujeta pueden abrirlos a discreción y en el momento que lo deseen. Así sea en una reunión de negocios o en una conferencia seria o hasta en la ducha. Sin pagar un solo centavo, y como en una tienda de internet, en un instante se prende en el cerebro la imagen requerida.

Desde que la criatura nace empieza a llenarse el background de su computadora u ordenador, como algunos gustar llamar a la máquina de escribir, leer y seleccionar imágenes. Es tal el cúmulo de información disponible que algunos se enloquecen, pues tienen superactualizados los sistemas de hifi, muchos gigas y velocidades. Los archivos que más funcionan y se activan son los de las preocupaciones: las deudas, la desocupación y las responsabilidades.

Para encontrar un remedio a este mal que tiene sumida a la gente en el estrés el joven, y los adultos, los novios, se refugian en la sala de un cinema. Allí se hunden durante hora y media en el submundo del cine sentados en sillas con dispositivos para gaseosa y palomitas de maíz. Vale menos que ir al médico o al siquiatra e, incluso, que un gramo de lo que sabemos. Desde que los negociantes descubrieron que unas estrellas podían escenificar en la pantalla gigante historias rosa o guerras, porno o conquistas del espacio, el individuo compra una boleta que le cura su ansiedad.

En efecto, el cine reemplaza al mundo que vivimos y lo hurta por unos momentos, que parecen días, y lo lleva en andas, lo transporta sobre lomos de dinosaurios o lo eleva en globo o lo mete en cavernas o lo lleva a selvas y abismos o ciudades amuralladas. O sea, lo saca de la escena de la vida verdadera y lo coloca en otro mundo de fantasía, terror o dicha. Esa es la fascinación que está tras el telón de la pared y los cien vatios de ruido en las orejas.

¿A qué, pues, el hombre y la mujer de hoy van al cine? A evadirse de su dolor, de la inutilidad del hogar, de la universidad, del alcance de los padres, de la ausencia de un empleo formal. A olvidar su tristeza, a escapar del horror del abandono, de la indiferencia de los amigos, de la banalidad de las conversaciones en las salas de fiestas. El cine es el sucedáneo de tanta violencia, tanta mentira en las calles, tanto ulular en la radio, tanta propaganda oficial.

Allí, acompañados en la oscuridad de la Jolie, de Brad Pitt, Banderas o de la sonrisa adorable de Kiki Dunst o la inacabable boca de Cameron Díaz, nadie vuelve a acordarse de la gran deuda o el peso de la desgracia y la ingratitud.

El cine, como la religión, son perfectos mundos irreales que el hombre ha aprovechado para alejarse de la verdad cruel y de la felicidad tangible de esta tierra de barro, polvo y cieno que nos ha tocado vivir, disfrutar y sufrir.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.