Edición 364

Los héroes no siempre tienen uniforme verde

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Sólo los productos en serie tienen etiqueta y van al mercado. Sea un avión, un carro, una olla de vapor o una vajilla. El diseñador se encierra en su estudio, traza los perfiles, los exhibe en la sala de juntas y los ingenieros lo funden en moldes y los lanzan al inclemente oleaje de las tiendas y las calles.

Allí se venderán y podrán ser un éxito o después de algún tiempo deberán ser sometidos a los rebajones y a “ofertas especiales”. Las ilusiones de los fabricantes y los publicistas hacen que un producto sea atractivo, como una cinta en los teatros, que haya taquillazos memorables y que las ventas sean superadas. Los diseñadores serán recompensados, pero nadie los llamará unos “héroes”, - ni a ellos ni a su creación voluminosa -.

La cualidad de las acciones humanas que se denomina heroicidad ha sido minimizada en el lenguaje militar y burocrático. Como en la canción Cambalache, cualquiera es un héroe por el hecho de vestir un uniforme verde y cumplir con su deber conscientemente, o aún, por accidente. Es condecorado, se forma el batallón, hay disparos de cañón, se convoca la televisión y suenan las trompetas de la victoria y se concede un galardón. Es toda una farsa y un solemne papelón.

A lo largo de la historia la humanidad ha visto fulgurar otras estrellas diferentes a las que vemos arriba cuando en la noche levantamos la mirada. Nos las mostró Homero, - y fueron pocas – en ese largo periplo épico de la formación del pueblo griego. Porque los héroes, como las constelaciones fugaces, no aparecen todas las noches. Conocemos al Cid Campeador, a Gonzalo de Oyón en nuestros lares, a Ricaurte en San Mateo. Y en la formación de las naciones ha sido posible hallar hijos audaces, paladines que con su coraje y su entereza las liberan de la impiedad y de las cadenas para siempre.

Los héroes no “crecen como cardos en el potrero” cada ocho días. No son otra estrella en la charretera para sus atónitos jefes, ni un golpe de sorpresa en el campo por la incapacidad de inteligencia de la comandancia. El valor, la constancia, el amor por la patria y los ideales no se pueden utilizar para el propio beneficio y premiar el peligro en que se pone a los soldados como un acto de heroísmo. La sangre derramada y el arrojo de un instante deberán ser considerados como sagrados y no podrían medirse por los resultados negativos. Y siempre tendrán que recibir indemnización los sacrificados. Pero tras la improvisación y la falta de estrategia no pueden catalogarse ante la nación y sus familias estas funestas acciones como actos gloriosos.

Sí. Los héroes lo son no por tener un uniforme y caer abatidos en la batalla. Tantos caen por cumplir una orden, sin estar de acuerdo y sin darse cuenta. El acto heroico es producto de una decisión personal, de una posición ante la vida, de unas circunstancias insalvables ante las cuales el hombre o la mujer escogen morir o sufrir afrentas a cambio de la libertad, de la salvación, de la salud, de otro u otros seres humanos. No es a cambio de una opinión favorable que se “decretan” héroes y honores para nuestros jóvenes soldados caídos impunes igual que flores de un día.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.