Edición 359

La repartición de la riqueza pública

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El discurso sobre la pobreza parece cada vez más pobre. Hundir al miserable más en el fango es inmisericorde. Recordarle la tristeza de su estado es reforzar su condición. No es maldiciendo la pobreza que saldrá del lodo y el hambre.

La repartición de la riqueza públicaLa compasión del dolor ajeno es agua limpia sobre la herida y alivia el ánimo, pero nada gana el pobre si nos compadecemos y no alargamos el brazo, aunque nos llamemos cristianos.

Más bien, podemos empezar a alegrarnos con lo que dice nuestro nuevo presidente sin tanta zalamería. Que decretará que los corruptos que roban el erario, como algunas EPS y concesionarios, reciban el nombre terrible de terroristas. De algo sirvió el discurso de Mockus cuando dijo que el dinero del Estado es sagrado como una hostia, porque es para que el pueblo coma y se libre del hambre y el desempleo.

Nos metieron en el cuento de la reelección y las peleas con la Corte y no nos quedó tiempo para darnos cuenta de las chuzadas y las mordidas en las regalías. Hoy los antiguos bufones de la TV y la radio empiezan a dar a conocer los datos con pruebas e informes. Ya pasó la época del miedo a pensar y divulgar lo que pasaba en secreto y el sol alumbra hoy lo que por tanto tiempo se ocultó al pueblo. Edificios para hospitales en la jungla, sin vías de acceso, lechos por donde no hay ríos, una apología al derroche y las regiones más pobres que antes.

Vemos cómo pequeños rincones, ricos en petróleo, carbón, oro llenaron sus arcas con lo poco que le dejaron los rapaces concesionarios. A eso se llamó “regalías”. La palabra regalía nos lleva a pensar en reyes, en comidas exquisitas, en caviar, abundancia, playas, hoteles, colegios bien dotados, hospitales con equipos de última generación y, en últimas, en eliminación de pobreza. No obstante, los explotadores del subsuelo - del que es dueño soberano la Nación colombiana -, se llevan más del 90% de lo que encuentran y exportan. Cuando ven el pozo agotado, revenden cara la concesión a empresas nacionales para que raspen la olla vacía.

La época de las vacas gordas parece que ha pasado. Los administradores de tamaña holgura no pudieron abrazarla. Ayer la plata

“rumbaba” y se hacía fiesta y jolgorio. Hoy alcaldes y gobernadores lloran sobre las pruebas del despilfarro y se lamentan de la propuesta de repartir la riqueza que producen las regalías para que sirvan a Colombia entera. 

Es hora de pensar en no gravar más al empleado mediano, al productor pequeño, a los estratos medios y bajos. Es hora de cobrar más al que tiene más y no conceder más exenciones a los ricos y empresarios que vienen a enriquecerse con la mano de obra barata y la flexibilidad laboral que de nada sirvió para “generar” empleo. Sus bolsillos están gordos y la risa en sus labios viendo al pobre esquilmado.

Las locomotoras de las prosperidades no han arrancado. El Congreso las está frenando y está aguando la euforia de este gobierno que empieza con un montón de ilusiones. Con las regalías, dice que aprobar el proyecto en primer debate no se le niega a nadie.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.