Edición 353

El anonimato es gran premio

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Vivir en boca de todos y posar de gran desconocido podría ser una paradoja. Pero casos se han dado. Ha ocurrido, por ejemplo, con manjares, bebidas, lugares y con hasta famosos personajes. Millares de gentes los catan, los paladean, los recorren, los admiran.

Pasan los días y la hoz implacable les corta la vida y la memoria. Entran a formar parte de ese mundo olvidado que se llama la región del sin nombre y el rescoldo apagado de la fama.

Algunos, - insensatos – se hunden en la melancolía porque ansiaban los aplausos de la turba ebria, otros – sensatos -, reconocen su sombra y le hacen reverencia. Sólo se adora lo que está escondido y lo que nunca salió de los labios o de la recámara. La fama, los discos y las palmas de oro, los Grammy o los Nóbel que ayer recibieron los triunfadores que caminaron por una alfombra felpuda, hoy están en un museo o en el cofre de las “glorias” muertas. Ni Cristo, que fue aclamado sobre un burro, se libró del ludibrio de quienes un domingo le tendieron flores a su paso.

Matemáticos, físicos, creyentes de sectas, defensores de pobres, inventores que jamás patentaron su ingenio ni se inclinaron ante el becerro de cobre y oropel, vivieron felices en su casa y gozaron de sus hallazgos y ecuaciones. Tantos estudiosos, campeones en su casa, labradores que dieron de comer a mucha gente y tantos pueblos nunca reclamaron un premio por su labor paciente y jamás oyeron una ovación. Ni en el cementerio alguien les rezó una letanía. Hoy, después de su trabajo y de gastar sus días haciendo el bien, nadie les rinde tributo. Los libros no registran su brillante historia ni su camisa se halla en una vitrina para la gran subasta. Mucho menos su nombre está inscrito en la pared en algún templo por las oraciones que salvaron a sus seguidores.

¿En dónde están los prohombres de ayer, los conquistadores, los matones famosos, los primeros banqueros? Gozan, como los connotados anónimos, de la misma suerte. Alguien los nombra “cuando se acuerda”, como de los abuelos y tatarabuelos.

Lo mejor es pasar, como se dice, como gente de bajo perfil. Vivir, comer, gozar, viajar, escribir, beber una cerveza, jugar al tejo, ir al centro, a un supermercado a ver cine o disfrutar oyendo en la calle a un culebrero que vende chucherías.

Yo me encuentro dentro de esa cofradía. Me inscribí a ella desde que entré al convento. Soy un afortunado hombre con nombre cambiado. Ya ni el nombre propio me interesa. Sólo de mí se acuerdan mi cédula, mi señora y mis hijos. Paso por la calle y los mendigos me creen uno de ellos y me hacen señas. El resto de gente me confunde con cualquiera. No tengo sino el pelo largo que me distingue, y todos creerán que soy un sucio hippy o un abandonado de la suerte. Allá ellos, que crean y comenten que me vieron caminar tranquilo, sin afán, ni detrás de unas gafas oscuras para que no me reconozcan.

Que viva el anonimato, al que pertenece la mayoría del mundo, y al que se me juntarán, por envidia,  los famosos el día que se mueran.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.