Edición 354

Dura competencia en salvaje mercado

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Pocas cosas me extrañan hoy. La verdad mi capacidad de asombro hace tiempo se agotó. O al menos eso creí ese viernes, a bordo de la buseta 583, de Buses Blancos, rumbo al viejo Capitolio en el centro bogotano.

Por las interminables obras del chancuco Nule-Moreno Rojas de la Avenida Eldorado, el transporte público rueda por calles alternas como la 24, desde la clínica San Pedro Cláver hasta la carrera tercera, en una procesión y calvario para quienes vamos tarde al trabajo o a las universidades del sector.

Pero también la sucesión de ambientes, que van desde el viejo barrio residencial, los talleres, los inquilinatos de indigentes y los hostales vetustos, sucios, donde las prostitutas veteranas buscan al cliente desde las seis de la mañana.

Pero no todos son edificaciones ruinosas. A la altura de la carreras carreras 16 y 17, el lavado de activos del narcotráfico remodeló dos casonas esquineras, donde las chicas esperan en adorables bancas metálicas de parque tradicional a los deseosos de sexo barato, y una que otra enfermedad de transmisión sexual.

Era viernes, y en la bocacalle de la 24 con 16 llegó el asombro: en menos de cuatro metros cuadrados conté diez “animadoras sociales”, ataviadas para fiesta sexy, con ligueros, mallas, vestidas de enfermeras calientes y policías pervertidas. Desde la negra venida del Chocó profundo, hasta la tolimense con cara de bunde, embutida en unos yines que realzaban el culo, o la faja. Rubias, pelinegras, pelirrojas, morenas, truigueñas, negras, algunas tapadas con tangas y baby doll diminutos en pleno frío de las 7:00 a.m.; todas a la caza del desayuno, o del arriendo de la pieza, o para la bicha de bazuco, o la papeleta de perico, o el manojo de marihuana.

Hasta ahí no llegaba el asombro. Sólo cuando, desde la butaca trasera de la buseta, y disimulando, como hombres y mujeres a bordo del vehículo hacían, buscando una dirección o mirando el reloj, o la arquitectura de las casonas del Santa Fe, vi a una de las chicas, vestida de colegiala, sentada patiabierta en una de las banquitas de parque, en el zaguán acomodado de la vivienda reformada.

Y en medio de las otras chicas-amigas-competencia, empezó a tocarse, sí, leyó bien, comenzó a masturbarse. Primero como quien no quiere la cosa y se rasca la zona; pero luego, cual película porno, sus dedos índice y corazón empezaron a frotarse con placer. Al verse observada por un par de idiotas que quedaron paralizados en el andén, y por las otras chicas que la miraron con reprobación, la mujer empezó a mover la lengua sensualmente y los movimientos fueron más frenéticos por los bordes de su tanga negra.

En la buseta la reacción también fue la esperada. Los hombres no dejaron de sonreir maliciosamente, y no faltó la mujer que expresara el tradicional “vagabunda, esa es mucha puta”.

Yo, para ser sinceros, casi me bajo. Pero no para lo que creen, sino para ahondar más en detalles, hablar con ellas, con la “dedosrápidos”, preguntar sus nombres, escudriñar sus vidas, elaborar una crónica de largo aliento, con la miseria humana, y con la salvaje competencia en el mundo del sexo.

Con seguridad y ampliando su sonrisa de desparpajo, una vez se mojó, me hubiese dicho que “hay que comer y ganar, y la compe está bien dura”. Las siliconas y operaciones de las que trabajan en La Piscina, El Castillo, o los otros referentes de puteaderos de la zona, y que se paran en las esquinas en las mañanas para redondear el diario, atraen más a los clientes de todo pelambre que llegan durante las 24 horas.

También las inyecciones con aceite, incluso de carro, como hacen los travestis para inflar las ausencias naturales en el pecho, son pan de cada día en esta zona de alto impacto.

Así que en el terreno del marketing y la publicidad en el oficio más viejo del mundo, todo se vale, como alguna vez escribí del periodismo, oficio  también lleno de putas y drogadictos.
*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia