Edición 355

“Lo malo es lo más fácil de creer”

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El título de esta columna de opinión está entresacado de una conversación entre jóvenes de cualquier generación, en una película de los canales ofrecidos por Telmex.

“Lo malo es lo más difícil de creer”Me pareció raro encontrar una divagación de corte filosófico, aunque parecía un poco frívola. Y la apunté en mi libreta de apuntes brillantes. Por supuesto la frase no tiene como autor a un poeta maldito, a Nietzsche, a Ezra Pound. Forma parte de un diálogo de la genialidad de W. Shakespeare en su obra Noche de reyes, Twelfth night o Lo que queráis...

Usted, frente a esta pantalla que aparece a veces fría y convencional, puede asombrarse de esta frase o recapacitar un rato y devolver la cinta. Lo bueno tendría que ser más creíble, puede que diga usted. Lo bueno debería ser más digerible, más atractivo al gusto, al intelecto, lo más placentero y aceptable socialmente. Pero no.

Tiene razón la etiqueta del producto que acaba de salir del horno de una película que muestra las costumbres raras de muchos de los jóvenes que andan por este planeta postmoderno y cursi.

Vaya usted, si se atreve, a una fiesta de barrio en su ciudad. Entre a una discoteca o un antro como dicen en México, en un fin de semana o una noche cualquiera donde haya jóvenes. No estoy diciendo vaya y vea una escena de un documental al Barrio Rojo de Amsterdam o una calle roja en Bruselas donde por la ventana y por la puerta semiabierta se observa lo que ocurre en el interior. No hablo de una reunión en un club social de la alta clase, con caviar, donde se habla de política, se viste de frac y se planean impuestos, obras y se hacen pactos en medio de... whisky.

¿Qué es lo "malo" de lo que estamos hablando? Malo es el lenguaje fuerte, obsceno, descarado desde el saludo hasta el empujón sobre la pared, el golpe, la desacralización de todo lo que huela a familia, a Estado, a sociedad, a regla, a ley, trabajo, cultura propia, a educación formal. Adoptar poses de cool, desenfado, rebeldía sin causa, meimportaunculismo e incitar a obrar como tal y burlarse de quienes no están de acuerdo con su clan.

No se ponga frío ni tampoco tan caliente. No estoy retratando a Cali, a Bogotá, a Barranquilla ni mucho menos a un pueblito como Iza en Boyacá. Solo estoy reflexionando sobre una frase que rondaba por las

escenas o los sketchs de una obra universal que el sueño no venció, y no me privé de ver.

Pero que parece un retrato hablado muy competente de lo que sucede hoy – me cuentan - en las fiestas, de lo que jocosamente se dice perrear. Hasta lo recomendó Ernesto Calzadillas en Yo me llamo después de la actuación de don Omar. No importan las caretas, ni maquillajes. Solo hay un espacio en que se apagan las luces y queda el recinto en la penumbra y comienzan los jóvenes bien, y que van a misa, a perrear.

Sucedía en Lisboa, en Florencia en tiempo de Boccaccio y de Dante y seguro lo sugería así de simple Shakespeare ayer. Así es la juventud de todos las épocas. Rechazan, simulan, prueban, se burlan, sobre todo si pertenecen a unas clases en las cuales no pierden ellos nada. La juventud es un interregno de incredulidad, de arrojo, de juego, de banalidad, de frenesí. Parece que para esa edad no hubiera tiempo o si la felicidad se encontrara en el goce ciego de un momento que vuela y compite para no dejarse alcanzar...

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.