Edición 359

El fútbol nuestro de todas las eliminatorias

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La última fecha de la eliminatoria para el campeonato mundial de fútbol Brasil 2014 dejó y reafirmó algunos aspectos que van más allá de la simple competencia deportiva y muestran una realidad fea que como país se sigue acentuando.

El fútbol es un deporte donde se gana, se pierde o se empata; es una actividad que ha mutado de competir por el simple espíritu del deporte y se transformó en una industria cultural que genera billones de billones de dólares cada año en todo el planeta. Vale la pena recordar los documentales de antaño o los cuentos de los abuelos o de nuestros papás mayores para rememorar, sin haberlo vivido, cómo era un partido en los potreros donde todo comenzó y en los primeros estadios construidos en nuestras ciudades, cuando el profesionalismo llegó.

Ahora, qué bueno sería contrastar esta vivencia con el imperio de los dólares y los sponsor que se tomaron con fuerza al balompié desde el mundial de Italia 90. Desde allí, el fútbol dejó de ser el romántico deporte de gestas heroicas y de esa vida en blanco y negro y sepia para convertirse en la multinacional de las marcas deportivas, patrocinios impensables, fabricación de ídolos del marketing, que promocionan carros, gafas, relojes, tenis, guayos (botines), millonarios de pasarela, drogas, escándalos, pero que se derriten como vida de tormentas, como el barro de las canchas que se olvidaron de pisar hace tiempo.

Los Gascoine, Cantoná, Maradona, Schilacci, Cristianos Ronaldos, abundan y pueblan las páginas de la prensa amarillista que se lucra con cada patada dada a destiempo fuera de las canchas o con cada fuera de lugar de sus díscolas personalidades. ¿Cómo no acordarse de las fotos y el artículo Maradona vestido de travesti, en plena rumbita napolitana llena de drogas y prostitutas?

Y ese imperio de millones también se trasplantó a nuestro trópico, a nuestra república banana, con las comparaciones tontas del caso, porque aquí no hay jugadores de gran nivel y las generaciones espontáneas de futbolistas que aparecieron se acabaron y no hubo una verdadera formación de niños y jóvenes que pudiesen ser el recambio. De los Valderramas y los Rincones o Valencias, pasamos a los Nazarith, Pabón y Quintero, futbolistas hechos por la necesidad, que surgieron porque no había más, que no saben parar una pelota, que nunca supieron o tuvieron a alguien, a un padre o a un "profe" que les enseñara lo más importante: el fútbol no lo es todo, el fútbol es un deporte, el estudio es más importante, y el fútbol es como la vida. Si esto se hubiese enseñado, escándalos como los del Tino Asprilla o el presente malo personal del "Tren" Valencia, con seguridad no se hubiesen registrado.

Escuelas de fútbol poco serias, sin recursos, son la representación social de lo que hay, de lo que es la sociedad colombiana: montadas como negocio, como fachada para abusadores sexuales, o para identificar posibles explotados laborales en que se convierten nuestros niños y jóvenes, para darles ganancias a los mercachifles o "empresarios" del fútbol. La búsqueda de talentos ocurría en los sesenta o setenta con Tumaco o Buenaventura, de donde surgieron muchas de las estrellas del balompié, como Juanito Moreno, Víctor Campaz, o Willington Ortiz. Sí hubo gente que se lucró con ellos, pero que les enseñaron a ser, antes que futbolistas, personas. Y hoy son lo que son gracias a ese consejo, a esa actitud, a esa mano amiga. Hoy, permeados y bombardeados por el marketing, el titular del periódico, la rumba, el síndrome de la plata fácil, estos personajes que integran nuestra "selección" de lo que hay, hacen lo que se les da la gana y siguen dejando mal el nombre de algo que no entienden ni les importa: Colombia. ¿O cómo llamamos al nuevo show de Teófilo Gutiérrez, que juega en Argentina, y que lleva dos días perdido sin ir a trabajar a Racing? Lo mismo le pasó en Turquía y lo sacaron a patadas por vago. Y recordemos al Tigre Castillo, quien manejaba borracho y mató a dos personas, o los casos de Elson Becerra, Albeiro Usuriaga y Édison Chará, asesinados en hechos poco claros, perseguidos por su pasado y el presente de la delincuencia nacional. En los tres casos, se habló de vendetas de drogas, abusos sexuales y alcoholismo. Y eran deportistas, atletas dirían los comentaristas gaseosos de radio que siguen haciendo daño. Por eso, empatar un partido y perder otro, como pasó con Venezuela y Argentina hace parte del deporte, pedir la cabeza del técnico Leonel Álvarez es buscar el ahogado río arriba: pedir cabezas, hablar mal del prójimo, creerse más de lo que se es, trascienden lo deportivo y nos muestran la cara fea que como sociedad tenemos: inmediatistas, importaculistas, la que no perdemos la empatamos, mentirosos, delincuentes en potencia, fascistas caribeños, y sordos cuando alguien habla de rescatar valores y enseñar a las futuras generaciones respeto, urbanidad, sana competencia. El fútbol es como la vida, sí, verdad innegable, en este caso una realidad como la de Dorian Gray, en el inmortal libro de Oscar Wilde: malvada, pervertida, demoniaca.

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.