Edición 352

Richie

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Ricardo "Richie" Espinosa vivió como quiso y partió como una película del cine que tanto amo, de sus novelas negras, que tanto pensó, y de su vida otorgada a Diana Uribe, su esposa, a Alejandra y a Santiago, sus hijos.

Este hombre que parecía extractado de una de las cintas de Fellini, con lo bonachón a flor de piel, y como decían mis abuelitos, el humor negro de los cachacos de antaño. Su largo sacón o su abrigo de cuero negro y su traje, como su mirada abierta, y a veces maquinal, nos recordaba a Hitchcock.

Falleció en Bogotá luego de un paro respiratorio, al ser atendido de urgencias en la clínica Reina Sofía, luego de llegar agonizando a Bogotá al cumplir su sueño: conocer el Cabo de la Vela, en la Guajira.

No hubo coronas, ni velación, ni cementerio, ni tumba en la tierra. Sí cremación y un adiós de carnaval, como dice Canela, la inmortal canción de salsa de César Mora y que cantó nuestro Jaime Garzón unos días antes de su crimen. Fue como un alabado chocoano, un rito donde se despidió entre tambores, cantos y risas, donde se reafirmó la vida. 200 personas de su paso por Planeación Nacional y Cajanal y su vida pública, y los amigos de toda la vida cantaron a su memoria. Es lindo partir así.

"En este momento de creación, él, como un acto de amor, nos dejó porque su cuerpo no aguantaba más. Como diciéndonos que ya podemos seguir adelante, nos entregó una posta", dijo Diana, horas después de la cremación, en su cuarto, rodeada y consentida por sus hijos y sus cercanos, antes de escuchar la flauta oriental Ney, interpretada magistralmente por otro de esos amigos que pueblan la casa de La Soledad, Juan Ibrahim. La gata se hizo la indiferente y la célebre en medio de tanta gente y salió despavorida.

El nuevo rito, como dice la filosofía sufí que tanto compartieron, consistió en dos jarras de agua y con ellas se iba recogiendo y dejando caer el chorro, acompasado, uno a la vez; y Juan interpretó con el alma varias canciones ancestrales con su flauta Ney, tan difícil de ejecutar. Diana, Aleja, Santiago cerraron los ojos en la cama matrimonial, donde Richie también asistió: se sentía su presencia. Era la despedida y el paso al más allá. Antes, recordó, cuando la reanimación de una hora fue infructuosa, Diana lo consintió y le dijo que sus dos grandes amigos ya fallecidos lo iban a acompañar y hacer pasar del inframundo.

Ahora, allí, en su cuarto, a medida que las notas relajaban y lo sufí se apoderaba de todos, se sintió paz y descanso.

Había que salir a la noche y a la calle, donde el frío mordía, y caminar para recordar a ese amor entre ellos que los acompañó durante 30 años. Verlos juntos, escuchar sus aventuras, viajes por la música, la cultura y la historia que tanto amaron. Se gozaban lo mismo un concierto de Joaquín Sabina, al último de Pink Floyd, en Londres. Sus viajes para constatar y vivir lo que tanto leyeron en esos libros que están por toda la casa. Ahora hay que evocarlo mirar por encima de las gafas y con su vozarrón al momento de hacer el chiste o el comentario inteligente y humorístico, como era él: simplemente "Richie".

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiano una noticia.