Edición 374

La mujer no se marchita como la flor

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Aunque la mujer es una flor, no se marchitará. Esa es la gracia de ser mujer. La flor, sea de textura suave, de color o nívea, silvestre o de agua, común o exótica nacerá con esplendor de sol y cantará su belleza entre las hierbas o las piedras. Mas el sol, el viento y el paso inexorable de las horas harán bajar sus pestañas y su vestido terso y lúcido se resecará con arrugas y caerá a los pies de su tallo.

La mujer no se marchita como la florLa vida de la flor es efímera, porque depende de su naturaleza y de su destino. Las hay pequeñas, de carnes abundantes, solitarias, lilas, rojas, blancas, alargadas, con estambres enormes y olores pegajosos. Nace la flor para alegrar el paisaje, quitar la uniformidad y dar un tono de candor a su alrededor. Cumple una función de sencillez, de precariedad, de adorno sutil y fugaz. Para eso ha sido diseñada. No vale regarlas mucho, ni ponerlas en la sombra y resguardarlas del sol o de la inclemencia del viento.

El hombre se acostumbró a mirar cómo la rosa crece en el jardín y presta su cuerpo para que la mañana se la ponga sobre la solapa. Se acostumbró a cortarla cuando llega a la pubertad y la regala a la novia, a la esposa, a la madre como signo de amor y delicadeza. Se acostumbró a reunirlas en un ramo y a ponerlas en la mesa de la fiesta y expresar con eso que no hay mejor adorno y recurso a la mano que las flores para hacer amable un ambiente o una ocasión.

Y acostumbramos a comparar a la mujer con la flor. Y lo son, todas. Pero la comparación es apenas una metáfora. Y la metáfora es un artificio de la poesía. La metáfora es otra flor que usa el poeta en sus versos. Nada mejor para la mujer que la pongamos a la misma altura que cualquier flor del camino, de los bosques, de los lagos, del desierto o de los páramos.

La mujer es una flor de una naturaleza diferente, de una belleza externa visible y otra belleza inmaterial, sensible también a los sentidos. Además hay otros artificios que la revisten de elementos que la adornan para algunas actividades. Lo cual no sucede con las flores naturales. Estas no necesitan perfumes o collares adicionales, ni se ponen corona encima de su corola, ni se pueden cubrir con velos, ni realzar su estatura con tacones ni abultar sus senos con esponja ni tinturar sus pétalos para lucir más finas o elegantes, ni prolongar su vida con cuidados o suspirar por durar más días dentro de un jarrón o en el invernadero.

La mujer, esa flor que se llama madre, esposa, hija, amante, empleada, ejecutiva, vendedora o cajera, tiene la virtud de no dejar que su ser marchite y se encorve como el signo del número de la viejecita en la retahíla del risueño Pombo.

Hemos visto a mujeres de mucha edad lucir su andar, su cara, su sonrisa, su elegancia con finura y gracia, como cualquier flor lozana. Han conservado el perfume de sus primeros años, la firmeza de sus carnes, la esbeltez de su cuerpo, la tersura de su piel, las uñas bien cortadas y las cejas pobladas. Pedro Infante podría cambiar la letra de su canción para no decir que se cansó de regarla y que la flor no fue formal en su cuidado.* El secreto sí lo dijo: solo había dejado secar o morir el corazón. Tesoro que no tienen ni la hortensia ni la orquídea o el loto.

¿Es solo al hombre que le corresponde regar a esa flor llamada mujer para que sus anhelos no marchiten, para que su cuerpo luzca altivo y firme, para que exhale de su pecho, piernas y axilas el perfume del deseo y ría o baile y luzca sus donaires hasta que su corazón ya no lata ni maúlle?

* http://www.youtube.com/watch?v=5wxwUSyNHLQ

*Abogamos por una postura de centro. No nos gustan los extremismos de derecha y ni de izquierda, y a ambos les damos duro por igual. La vida no es blanca ni negra, es de matices y como tal, hay que entenderlos y tolerarlos. Pensar y amar son las tibias de nuestra bandera calavera. Asaltamos la rutina y hacemos de lo cotidiniano una noticia.