Edición 364

La viruta o el baile de la vida

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La viruta o el baile de la vida
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La viruta o el baile de la vidaVer bailar tango es una experiencia sin nombre, sin encasillamiento, sin cliché. Pero atreverse a bailarlo en un lugar donde asisten seres humanos como uno, con kilitos de más, con pelos de menos, es casi místico.

Y es que el “duende”, como dicen los gitanos, que tiene La Viruta, enclavada en pleno barrio Belgrano, se respira en su ambiente, exuda por las paredes y en la cerámica del piso, donde el que entra caminando, sale bailando, según su eslogan.

Contactamos al escritor Edgardo Lois, quien acaba de lanzar su nueva novela, “La Virutera”, de editorial "Pluma y Papel ediciones/narrativa", y donde narra una historia de personajes que, como uno, se atrevieron a entrar a La Viruta y descubrir una ciudad real, de carne y hueso y no “fashion”, que no es máscara.

-Dice en la reseña, aunque uno debe verlas, a las reseñas, con beneficio de inventario, que la novela transcurre en una Buenos Aires real en medio de tanto simulacro. ¿Por qué?

La viruta o el baile de la vidaCreo que hoy nadie está a salvo de enredarse con los simulacros, demasiado cartón pintado, demasiados intereses y lucecitas de colores en todos los lugares del mundo, y toda esta estantería respira subida a la primera flecha indicadora de estos tiempos: la obtención de la riqueza. En La Virutera anoto que La Viruta es felicidad, es tango, y es en ese momento que muchos sienten que están en un lugar real de una Buenos Aires real. La ciudad que tantas veces parece desdibujarse y perder contenido, ser sombra desmemoriada, reaparece y avisa que ella, como el Gordo Pichuco, nunca se fue del barrio. Sólo hace falta descubrirla en medio de tanto simulacro. Buenos Aires en muchos momentos es simulacro, y la milonga, La Viruta, también lo es, porque el simulacro gusta de entreverarse con el juego, con la sola apariencia exenta de todo contenido, pero en un determinado momento, las estrellitas vuelven al cielo y la tierra se reacomoda, hay que estar atento al cambio, y si se está atento, a conciencia despierta, a memoria a la mano, se puede descubrir la ciudad, la verdadera, mi Buenos Aires, la leída, la intuida, y se puede estar de tango real en La Viruta, una milonga con respiración propia, con códigos de ayer y de hoy. Los simulacros están, pero Buenos Aires sigue estando ahí, también el tango y la noche. Claro, puedo decirte que cada vez son menos las personas que se interesan por los cambios de ritmo, es una lástima que muchos vivan tan cómodos en la sociedad de la cáscara.

-La Virutera, como dice allí, es la historia de La Viruta, sitio del tango y de la ciudad, donde va gente real, de vidas reales, a soñar. ¿Por qué es tan importante?

La viruta o el baile de la vidaPara escribir La Virutera me ajusté a su geografía y a su gente, más allá de que uno siempre hace ficción al momento de escribir algo que considera real, puedo decir que describí la exacta mecánica del espacio-tiempo milonguero, no es la historia de La Viruta, es la historia de una noche en La Viruta, noche de viernes, y para hacerlo me apoyé en la presencia de sus trabajadores, en la de las viruteras y los viruteros, en la de los milongueros de baja y alta noche, y entre ellos caminan mis personajes de pura ficción. Es en este ambiente donde sin dudas, en un determinado momento de quiebre, el tango es Buenos Aires, y la ciudad es tango, su música identidad. La Viruta se hace importante en el encuentro que propicia, gente real, de vidas reales, sí, gente que viene de distintos lugares y con distintas motivaciones, el tango y la ciudad que casi todos registran por distintas razones, es la que convoca y la gente acepta desde hace quince años. En La Viruta hay una constante: la felicidad de la gente.

-¿Estos sitios reales se están acabando? ¿Puede considerarse al Viejo Almacén o La Esquina del tango como sitios reales, o ya del broadway y del baile fashion, estilo Señor Tango?

Mientras escribía hablé con un milonguero de alta noche, “el Pintor” en la novela, el artista plástico Jorge Garnica, que me decía que iba a milongas tradicionales y que eran lugares que le parecían una impostura, lugares detenidos en el tiempo donde se juntan una cantidad de disfrazados para jugar un rato, pero en solemnidad. Marcaba la diferencia con La Viruta, decía que en ella sí pasan cosas, sí está el tango posible de estos tiempos, que en La Viruta había gente de verdad que respetaba ciertos códigos, pero que a la vez respiraba en libertad. Agrego que en La Viruta también hay disfrazados, pero por otras razones, no por cuestiones del pasado, sino por coordenadas propias de la sociedad de la cáscara, lo que decía, simulacros hay en todos lados. Pero se respira una personalidad propia, uno de los logros de La Viruta es haber generado un espacio a mitad de camino entre los bailes en los clubes de barrio y la estética de los boliches, esa su marca que la ubica como creación cierta. Señor Tango, como para hacer el destacado, ahí sufrí un espectáculo indecible, realmente una vergüenza la propuesta, y la gran mayoría de los lugares de tango que están en la primera línea para recibir al turismo desprevenido, no son sitios reales, en ellos se puede ver la presencia mayúscula del simulacro. La realidad, como en todos los ámbitos de este mundo, tiene sus buenos problemas en el tango: milongueros a la carta, revoleadores de féminas por las alturas, pura cáscara en espera de ser vendida.

-¿Por qué Buenos Aires se resiste a perder el tango, su esencia, o se está perdiendo? La viruta o el baile de la vidaEs imposible que se pierda, más allá de las modas y las ventas, el tango está presente en la ciudad de mil maneras distintas, por ejemplo hay un gran número de orquestas formadas por jóvenes, como la que aparece en la novela: El Sexteto Milonguero, que viven el tango histórico desde su mirada actual, y uno no puede decir que lo que hacen no sea tango, son reales, como reales son orquestas como Misteriosa Buenos Aires, Unitango, Color Tango, podrán gustar más o menos, pero tocan tango y lo sienten, no son oficinistas del tango, no son fenicios recién desembarcados. Seguro que está el cartón pintado, pero la cuestión es simple, hay que elegir, buscar, identificarse.

-Buenos Aires es una ciudad que exuda nostalgia, y como lo cantaba Gardel hace décadas (incluso le estoy escribiendo desde Medellín, donde estoy hoy por cosas de laburo) a uno, que vivió allí, recorrió sus calles, compartió con ustedes, le dan unas ganas locas por "volver" a ese "Buenos Aires querido". ¿La novela tiene esas pinceladas de nostalgia, de tango, de bandoneón que llora?

Sí, estamos hechos de nostalgia, y yo prefiero de la buena: esa nostalgia que sintoniza con la buena memoria, esa nostalgia que permite el contacto con el ayer, sí, tal vez de manera melanco pero en felicidad, porque el ayer es identidad, y ayer son nuestros muertos, nuestras memorias se nutren en la ausencia, y es bueno visitar ausencias, vivir con ellas para nutrir el presente en el que nos vamos de vida caminante. No adhiero a la posición llanto, adhiero al gustito melanco de la memoria, a la saudade amanecida entre tragos de vino y recuerdos volcados sobre una sobremesa o en una mesa de café plena de sabihondos de boliche que provienen de distintas épocas, me encantan las mesas en donde los muertos son convocados, ellos y nosotros felicísimos por volver a esta Buenos Aires querida. Mi novela no es llanto, y creo que se hace tango a la hora de los desencuentros amorosos entre mis personajes; describo una noche de milonga que la gente misma crea con su presencia, se escucha tango en la alta noche, tango después de la clase de salsa y unos cuantos rock, y es en esa tierra virutera en la que la gente intenta encontrarse, relacionarse, ser feliz, algo nada fácil en estos tiempos, quizá por eso La Viruta no funcione en la superficie, sino en un sótano, donde las sombras ayudan a bajar la velocidad y el desencuentro del afuera.

-Resulta que cuando fui a LA VIRUTA  a milonguear con una amiga muy especial, y compañeros de UBA nos llevamos la sorpresa que esa noche hubo poco tango, era viernes, y sí rock, reggaetón y salsa. Eso fue en 2007. ¿Sigue así la cosa se está perdiendo su esencia?

La milonga comienza a la medianoche, a la hora de los fantasmas, y a su vez calienta motores hasta las 01.30 o 02.00, después nace el tango. Hasta ahí son solo intermitencias.