Edición 374

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Mar de Plata, Argentina

Mar de plata Nocturna, Argentina (Imagen de Balnearios10.com)

Quiero declarar, en primer lugar, que esta historia la escribo exclusivamente para mí, pues siento la necesidad de expresar con palabras, al menos hasta donde me sea posible, aquello que experimenté esa noche de verano. Si bien sé que, tal vez, por algún descuido mío, es posible que un ocasional lector se apropie de este manuscrito, también comprendo que nadie, por más que lea y relea esta historia, llegará a comprender el significado real que encierran sus palabras.

Por eso, si algún día alguien logra dar con este papel, no se inquiete por no entender lo que lee, ni piense que el autor está loco o que fue apresado por un instante de delirio. Vuelvo a repetir que esta narración sólo podrá ser entendida por quien vivió la experiencia, lo cual me designa automáticamente primer y único heredero de sus posibilidades de comprensión.

Si me preguntaran entonces por qué o para qué la escribo, contestaría, por empezar, que no lo hago para ejercitarme en el arte de escribir, ni para dársela a conocer a nadie. La razón reside profundamente oculta en el interior de mí ser.

Cuando uno vive una experiencia fuera de lo corriente, existe una poderosa fuerza interna que lo impulsa a querer explicar concretamente qué fue aquello que vivió, aunque en el fondo sabe que nunca podrá hacerlo de la mejor manera.

De esta forma, sin más preámbulo, doy comienzo a la narración:

Me encontraba solo en una casa de la ciudad de Mar del Plata, la cual alquilé para pasar unos días del verano de 1994. Esas vacaciones adquirieron una significación especial para mí, porque durante ese lapso, en un momento determinado, pude experimentar la sensación más extraña y agradable a la vez.

Después de haber estado trabajando durante el año, ese descanso junto al mar fue un alivio que inundó por completo mi estado de ánimo.

Cada mañana, cuando el sol recién desplegaba sus primeros rayos, me dirigía hacia la playa y corría por la orilla. Ese ejercicio me hacía sentir lleno de vitalidad pero, cuando llegaba la noche, el cansancio me vencía y, a la hora de dormir, caía pesadamente en sueños muy profundos. A la mañana siguiente me levantaba sin dejar de pensar en lo que había soñado. Imágenes extrañas pero muy nítidas quedaban impresas en mi mente. Me vi en la piel de diferentes personas, en distintas épocas, como guerrero, como comerciante, como intelectual, en la Edad Media, en el Renacimiento, en la Revolución...

Cuando llegaba el mediodía, caminaba hasta un pequeño bosque al que denominé “La Arboleda”. Era un lugar muy armonioso, plagado de silencio: además, siempre estaba sólo, como a mí me gustaba. En medio de esa hilera de árboles majestuosos que me inspiraban un enorme respeto respiraba aire puro.

El silencio, el color verde, la armonía perfecta de la naturaleza, abarcaban todo el espacio. Estando allí podía advertir que la perfección de todo lo creado se compenetraba en todo mí ser. Tan grande era la sensación que me invadía que sentía que yo mismo era parte de esa creación perfecta, que me fusionaba con el paisaje para formar una sola y única cosa: un pequeño universo regido por una inteligencia incorruptible.

Me identifiqué plenamente con esa armonía que envolvía el lugar. “La Arboleda” había impreso en mi sensibilidad un poderoso influjo estimulante.

Una noche, cuando faltaban dos días para que emprendiera el regreso a Buenos Aires, decidí dormir a la intemperie, en la playa, bajo la luz de la luna y las estrellas. El clima era muy agradable e invitaba a dejarse llevar por esa idea. El viento cálido y el colchón de arena ofrecían una encantadora comodidad. Por lo tanto, sin más preocupación, me recosté en la playa desierta.

Astros luminosos

Miré el cielo y vi un espectáculo maravilloso: infinidad de astros luminosos brillaban sin cesar en el firmamento. Pasé un largo rato contemplando aquella escena, al tiempo que sonaban en mi interior muchos interrogantes. Me preguntaba cuál era la razón por la cual el universo era tan grande, qué significado tenía todo eso, qué función cumpliría la existencia de una infinita cantidad de cuerpos celestes. Si bien no conocía las respuestas, podía intuir que existían, tal vez percibirlas por medio de una inexplicable sensación...

De a poco, los ojos se me fueron cerrando. No tardé en caer en un profundo sueño que recuerdo hoy con toda exactitud. Había soñado que viajaba atravesando lugares maravillosos, paisajes perfectamente trazados. Uno de esos lugares era “La Arboleda”, pero en esa versión onírica aparecía mucho más hermoso. Los encantos de esos mundos perfectos se presentaban ante mí, y un sentimiento de felicidad se fortalecía en mi interior. Volaba a grandes velocidades, recorriendo zonas extremadamente hermosas, incomparables, únicas.

A diferencia de los otros sueños que había tenido en esas vacaciones, éste fue muy particular, porque pude sentirlo como si hubiese sido algo más que un simple sueño.

De pronto desperté, sin abrir los ojos. Otra vez volví a sentir el suave viento acariciando mi cuerpo. Al retomar el estado consciente, los sentidos volvieron a activarse. Permanecí de esa manera unos minutos, hasta que, progresivamente, mis sentidos comenzaron a apagarse otra vez, pero eso no significaba el principio de un nuevo sueño. Poco después, experimenté lo inexplicable: sin perder la consciencia, sentí dentro de mí una sensación de eternidad. No sé cuánto tiempo habré permanecido en ese estado, porque en ese espacio metafísico, el tiempo no se medía en horas. Tuve la sensación de haber pasado a un tiempo sin principio ni fin, sin límites, de no haber nacido treintidós años atrás, sino de haber existido desde siempre y de portar en mi interior un elemento perenne. Podría afirmar que por un instante me trasladé a otra dimensión, donde el concepto de tiempo y existencia adquirían un significado trascendente.

¿Cómo explicar con palabras esa sensación? Me doy cuenta de que todo esto no tiene explicación más que para mí. ¿Qué pasó después? No recuerdo bien cómo, pero todo volvió a ser como antes. Volví a encontrarme nuevamente en un punto determinado del espacio y en un tiempo concreto; volví a sentir la arena y el viento envolviendo mi cuerpo. Luego me dormí y, al día siguiente, desperté con el sonido que emitían las gaviotas. A partir de entonces, un nuevo sentimiento de amor hacia la vida nació en lo más profundo de mi alma; después de haber atravesado esa vivencia, mis restantes días adquirirían un contenido más grande.

Al leer esta historia que escribí, veo que apenas pude plasmar sobre estas hojas sólo un reflejo tenue de lo que realmente sucedió. Resulta muy extraño saber que únicamente yo soy capaz de comprender a fondo el sentido de esta experiencia inefable.

Christian Capelli, Buenos Aires, 6 de julio de 1996.

Todo tiene una explicación; a veces no hallamos las respuestas inmediatamente y, por eso, creemos que nos será imposible llegar a entender ciertas cosas de la vida.

Hoy, en una antigua casa de Mar del Plata, encontré unas hojas en el fondo de un viejo cajón. Leí lo que en ellas estaba escrito y no pude evitar que las lágrimas se me escaparan. Las hojas estaban muy deterioradas por el paso del tiempo, pero el contenido, intacto, podía rescatarse perfectamente. Lo transcribí a estas nuevas hojas, sobre las cuales ahora mismo estoy escribiendo para continuar esta historia o, mejor dicho, para cerrarla y a la vez dejarla abierta a la eternidad...

Me encuentro en este momento en una playa de la ciudad; recibo los tibios rayos del sol que hacen brillar mis ojos.

Es verdad, no era un juicio equivocado, un “ocasional lector” se apropió del manuscrito pero, por el contrario, este mismo “ocasional lector” (y solamente él) puede ahora “comprender el significado real que encierran sus palabras ".

Miro mis pies y entiendo que nunca antes habían pisado las arenas de esta playa. Nunca antes estuve en esta ciudad, sin embargo, hoy puedo, a través del recuerdo hecho consciencia, sentir la misma sensación que tuve aquella noche de verano...

Alberto Scaravaglio, Mar del Plata, 3 de febrero de 2415.