Edición 374

El Plan

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Playa Mar de Plata Nocturna

De noche Mar de Plata, Argentina (Foto: Oficina de Turismo Mar de Plata)

Todo parecía indicar que mis planes tendrían éxito, que se cumplirían sin sobresaltos. Los chicos ya estaban en la escuela y Julia, mi mujer, tenía una reunión de trabajo que se prolongaría hasta después del mediodía, de manera que, en esa mañana, ya desde temprano, la casa quedó vacía para mi uso exclusivo.

Solo, disfrutando de un placentero silencio, sentía que mi propio hogar se transformaba en mi más fiel y leal cómplice. Las paredes parecían hablarme en un lenguaje secreto, ofreciendo calma y seguridad a mis pensamientos. El reloj, por su parte, me indicaba que disponía del tiempo necesario. Eran las 8 a.m.

El teléfono, otro de mis aliados, debía sonar a las 8:15 horas. Aproveché ese lapso para lavarme la cara y cepillar mis dientes. Mientras lo hacía, mi rostro se proyectaba en el espejo devolviéndome una imagen ideal. Estaba sereno, sin rastros de nerviosismo, y mis facciones transmitían confianza. Ese era el estado interno perfecto que necesitaba alcanzar. Me lo había propuesto la noche anterior y lo había logrado. Sabía que era imprescindible empezar el día con una tranquilidad inquebrantable que impidiera cualquier tipo de traspié. Me miraba en el espejo y sonreía, casi de manera cínica, como si estuviera felicitándome por haber barrido todas las dudas e inseguridades.

Salí del baño y miré el reloj. En cinco minutos estaría sonando el teléfono. Caí dulcemente en el sillón, cerré los ojos. Esperé.

Un sonido muy agudo hizo que, sin pensarlo, extendiera el brazo y atendiera el estridente aparato: “Hola… Sí, todo salió bien… no, no. No hay problema… bueno, te espero, eh… No te olvides nada… Si ya sé, ya sé, chau”. Luego de colgar el tubo, juzgué mi charla un tanto antipática, tal vez, demasiado arisca. Pero, después de todo, eso ya no tenía mucha importancia… Hernán vendría de todas formas y se consumaría mi propósito.

Como sabía que él no llegaría pronto, pues vivía del otro lado del puente, consideré que contaba con al menos una hora para dejarme llevar por la nostalgia de los recuerdos. Me dirigí hacia el armario y saqué la caja celeste, la que contenía fotos de toda mi vida matrimonial. La abrí. Lentamente, pasaba las fotografías deteniéndome en cada una de ellas, fijando la mirada, penetrando con mi imaginación en aquellas imágenes, pensando en lo linda que estaba Julia en esos tiempos, queriendo volver a esas épocas que ya no existían. Pero eso no era posible; los años habían transcurrido y por más que deseaba con todo mi corazón regresar al pasado o intentar revivirlo en el presente, comprendía que ya no había retorno ni posibilidad de cambiar las cosas. Además, ya estaba decidido. No en vano había premeditado todo durante la noche.

Algunas lágrimas corrieron por mis mejillas mientras miraba las fotografías. Fue un instante de debilidad, pero nada más. Yo no abortaría mis intenciones.

Pasaron unos cuantos minutos antes de que decidiera abandonar la caja celeste. Las imágenes habían logrado ponerme algo melancólico y el reloj ya sugería que Hernán no iba a tardar en llegar. No me había percatado de que esa cajita me había “entretenido” más de lo previsto. Pensé que lo mejor sería acostarme en nuestra cama. Sólo tenía que esperar que sonara el portero eléctrico.

Caminé hasta la habitación y me desplomé en el colchón. Mi vista se fijó en la vieja lámpara de cristales que pendía del techo. Esa lámpara me traía tantos recuerdos…Tendido boca arriba, recordaba que siempre, cuando con Julia nos acostábamos, ella me reprochaba acerca de mi desidia para con esa reliquia: “Vos seguí así, Jorgito, seguí haciéndote el tonto. Bien sabés que si no la ajustás, un día se va a venir abajo, justo encima mío. Pero claro, seguro vos estás buscando eso, por eso no la arreglás. Para colmo, el condenado vecinito de arriba se la pasa jugando a los saltos, y cada vez que lo hace, mi querida lámpara, esa lámpara que es mía y que heredé de mi mamá, empieza a tambalearse que da miedo. Ya te digo, si se viene abajo la vas a pagar muy cara, Jorgito, muy cara...”.

La voz de mi mujer sonaba tan vivamente en mi recuerdo que me daba la sensación de estar escuchándola, como si de verdad estuviera acostada a mi lado. Recordé eso y muchas otras cosas. Recordé cuando, con Hernán y Julia, salíamos a pasar todo el día, y comíamos y hablábamos y jugábamos, y la juventud vivía en cada uno de nosotros. En aquellos tiempos los tres compartíamos muchas cosas. Hasta el mozo del restorán de Fabio, cuando nos veía llegar alegres, dispuestos a comernos todo, decía: “Ahí llegó el trío voraz”.

Y sí, éramos un trío. Y ahora yo estaba esperándolo a él, sumido en una corriente de lejanos recuerdos, descansando en mi cama, con los ojos puestos en la lámpara de cristales. Y el portero eléctrico no sonaba. “¿Tardará mucho en llegar?” - pensé en ese momento, justo cuando el timbre me confirmó que no, que Hernán ya había llegado.

Me levanté algo turbado por la sensación de haber vuelto de un viaje al pasado, en la nave de mi memoria. Atendí el aparato. La voz de mi amigo me respondió del otro lado del tubo. En cuestión de minutos, ya estaría arriba. En ese instante, dirigí una mirada al cajón de la mesita de luz. Todo iba a salir bien...

Hernán entró en mi departamento con dos bolsas cargadas de alimentos. Nos dimos un abrazo. Colocamos las cosas en la mesa, nos acomodamos, y nuestros ojos chocaron de frente. En su mirada estaba impreso el signo de la interrogación. Él desconocía el motivo del encuentro, pero seducido por mi propuesta de que todo se trataba de una gran sorpresa, accedió. Además, había cumplido con lo que habíamos acordado: él se encargaría de traer la comida.

Luego de hablar brevemente sobre cuestiones sin importancia, me dijo con impaciencia: “Bueno che, contáme ahora a qué se debe tanto misterio, en qué consiste la sorpresa a escondidas de Julia”. Y yo respondí: “En verdad, no es tan difícil de adivinar, o me vas a decir que no sabés que hoy Julia cumple años”.

Hernán estampó la palma de la mano derecha en su frente y abocinó los labios, fingiendo un imperdonable olvido. Continué :” La sorpresa consiste en prepararle un buen almuerzo para cuando llegue, como esos almuerzos que acostumbrábamos a darnos, hace tiempo, en lo de Fabio y, bueno, algo más que, por ahora, me lo reservo para mí”. Mi amigo argumentó que se había olvidado porque estaba muy absorbido por sus negocios, y algunas incoherencias más, que yo casi ni me preocupaba por escuchar. Le propuse que dejara de disculparse y que pusiéramos manos a la obra.

En sólo una hora y media, la mesa ya estaba servida, cargada de variados y abundantes alimentos. Y cuando estuvo todo listo nos sentamos a esperar; conversamos, y en nuestras voces y miradas se ocultaba un sentimiento inhibido, que luchaba por no salir a la luz.

Como si de pronto Hernán se hubiera acordado de algo que pasó inadvertido y que quería recordar, me preguntó: “¿Qué es ese “algo más” que por ahora te reservás para vos?”. Miré el reloj y comprendí que mi respuesta no debía hacerse esperar. “En seguida vuelvo” - contesté.

Me dirigí hacia la habitación, abrí el cajón de la mesita de luz, y con el revólver en mi mano volví al comedor. En ese momento escuché unos golpes que venían del piso de arriba. Hernán estaba sentado de espaldas, ingenuo, sin conciencia de su peligro. Me ubiqué detrás de él, coloqué el arma en su sien izquierda y me incliné junto a su oído derecho, dispuesto a pronunciar el último discurso. Él temblaba. Había comprendido todo.

En un tono triste le susurré las palabras finales: “A ella la hubiera perdonado si se hubiese tratado de otra persona porque, yo también tuve la culpa al no poder darle lo que necesitaba, pero precisamente tenías que ser vos, Hernancito ¿Por qué vos, que sabías lo mucho que siempre la quise a Julia? Pero no te preocupes, yo no puedo cargar con la culpa y por eso te voy a acompañar en tu viaje”. Una lágrima estalló de mi ojo al mismo tiempo que gatillé. El cuerpo quedó inerte; la cabeza, destrozada.

Cargué el cadáver hasta la habitación y lo deposité suavemente en la cama. Permanecí a su lado, contemplándolo con una mirada agonizante. El plan había resultado a la perfección y ahora era mi turno. Apoyé el revolver en mi sien, escuché los golpes del piso de arriba que sonaban en mi techo. Sólo por una curiosidad inexplicable levanté la vista y sentí el impacto. Eso fue todo.

Cuando Julia regresó, se encontró con la sorpresa de cumpleaños : en el comedor, la mesa extraordinariamente servida, una mancha de sangre que conducía a la habitación, y allí, el cadáver de Hernán, mi cuerpo inconsciente, los cristales rotos...

Profesor argentino de literatura.