Edición 354

Inflammatus Ira

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Poster de la pelicula Revenge of The Nerds

Poster de la pelicula Revenge of The Nerds

Ahí nomás estaba sentado, a apenas un metro y medio de distancia del lugar en donde yo me encontraba, con su arrugada camisa a cuadros y sus lentes de grueso vidrio, el señor Osvaldo Antolínez.

Su mirada permanecía fija y atenta sobre la figura de la profesora, quien con su ánimo desgastado por la cantidad de años que llevaba ejerciendo su profesión, daba una explicación poco estimulante para sus alumnos. Sin embargo, Antolínez la escuchaba tan atentamente que parecía estar contemplando una deidad a quien es imposible no intentar arrancarle la explicación de algún misterio.

Esa clase de latín se desarrollaba a un ritmo monótono y lento. Con sólo mirar la expresión que se reflejaba en los rostros de mis compañeros, era posible llevarse una evidente impresión de lo que ocurría en nuestra aula. Pero el señor Antolínez parecía estar disfrutando plenamente aquel momento.

En tanto, yo, abatido por el cansancio, el hambre y el aburrimiento, permanecía en silencio, con la mirada perdida, fingiendo estar concentrado en la exposición de la profesora. Me acordé de pronto, que en el bolsillo de mi portafolio guardaba un caramelo que, el día anterior, había extraído del escritorio de mi jefe. Ese caramelo era lo único que en ese momento me llamaba la atención; de modo que, lentamente, extendí mi brazo y me incliné para agarrarlo. Cuando lo tuve entre mis manos, sin mucha delicadeza, le quité su envoltorio y me lo llevé a la boca.

El ruido del papel resonó en toda el aula, rompiendo el silencio que por un breve instante había imperado. En ese momento, noté que Antolinez giró su cabeza y me arrojó una mirada severa, y pude ver en sus ojos la molestia que le había causado mi actitud. Esa mirada, además de contener odio, reprobaba mi conducta. No pude dejar de imaginar lo que estaría pensando Antolínez.

Seguro que consideraba una falta de respeto y una imprudencia el hecho de comer un caramelo en esa “clase magistral”. Lo repito; pude ver el odio resplandecer en lo hondo de su mirada. Pero no era un odio dirigido hacia mi persona, sino más concretamente hacia mi “imprudente acción”.

Permanecí con el papel en mi mano derecha, estrujándolo y produciendo un tenue sonido que llegaba mansamente a los oídos de Antolínez. Sabía muy bien que eso iba a lograr distraerlo, aunque fuera unos segundos. Y, efectivamente, fue así, pues, si bien yo no dirigía mis ojos hacia los suyos, podía sentir que él no despegaba su vista de mi inquieta mano. Parecía mentira que un simple ruido distrajera la atención del alumno más aplicado de todo el Instituto. La situación era bastante absurda, pero nadie la advertía, como si fuera un juego tácito entre los dos, donde él acrecentaba sus nervios y yo encontraba un mínimo estímulo para divertirme en aquella clase marcada a fuego por el aburrimiento. Como dije al comienzo, lo tomé con humor; nunca creí que ese inocente juego sería el principio de mi desgracia.

Decidí por un momento abandonar el papel y dejarlo reposar sobre el banco. Hecho esto, Antolínez volvió a encauzar todas sus energías en comprender el desarrollo de la clase.

Ubicado justo detrás de mí, estaba mi amigo Néstor Cambaceres. Con él, siempre solíamos hacer chistes cuando la situación se tornaba densa; siempre buscábamos matar la pesadez que producía una explicación como la de la profesora Cantabri.

Néstor golpeó suavemente mi hombro izquierdo. Di la vuelta, y le dirigí una sonrisa. Él, al sólo verme, también comenzaba a cargar su ánimo de intenciones jocosas.

En ese momento, entablamos una conversación, en tono muy bajo, pero lo suficientemente alto como para que Antolínez lo advirtiera. Hablamos de cosas intrascendentes. Creo que estábamos recordando el día en que Lautaro García había pasado un papelón frente a toda la clase cuando había intentado robarle un beso a Anita Domínguez, una solterona de cuarenta años.

De pronto, motivado por alguna frase graciosa, Néstor lanzó una carcajada que se elevó por encima del tono de voz de la profesora Cantabri. Antolínez giró todo su cuerpo para mirarme, y colocando su dedo índice en forma vertical a sus labios, emitió un sonido imitando al sifón. “Shhhhhh” se escuchó en toda la sala. Pero el chistido no estaba dirigido hacia Néstor, el que había lanzado la estridente risotada, sino hacia mí, que con ojos estupefactos miraba la ridícula fisonomía de Antolínez, al tiempo que empezaba a sentir en mi interior los primeros síntomas de la ira.

Aquello me había enojado mucho; ya no tomaba la situación con el mismo humor con que lo había hecho anteriormente. ¿Por qué tenía que mirarme a mí de esa manera? Si no fui yo quien se rió en forma descarada. Pero, evidentemente, Antolínez ya había estado alimentando su bronca.

Me callé y volví a mirar hacia el frente, pero ahora mis pensamientos no estaban perdidos sin dirección. En mi mente se revolvían, se agolpaban, se encimaban unos a otros formando una espesa masa mental, pensamientos de odio hacia la patética existencia de ese mamarracho. Noté que los nervios, paulatinamente se iban apoderando de mí.

Comencé a girar el lápiz entre mis dedos, velozmente, de manera mecánica e incontrolable. El contacto de la madera con mis falanges producía un sonido muy, pero muy sutil, tanto que apenas yo podía oírlo. Sin embargo, Antolínez pudo percibirlo y, para su desgracia y la mía, volvió a repetir el mismo movimiento y el mismo sonido de sifón. “Shhhhh” se volvió a oír en la sala. A partir de ese momento ya no recuerdo más nada, sólo conservo en mi memoria haber tenido la sensación de la sangre ardiendo en mis venas.

Según las versiones que me han llegado a esta fría habitación, Antolínez terminó bastante lesionado aquel día. Algunos cuentan que yo me llevé la peor parte. Por cierto, eso ahora no importa. En cuanto a mi situación actual, de los pocos amigos que tenía, hoy ya no me queda ninguno, y mis estudios y mi carrera están terminados para siempre.

La gente cree que estoy loco, que soy un desmedido, que debo permanecer bajo atención profesional. Yo no pienso así; yo no recuerdo; yo no pude evitarlo, y además, afirmo que nadie hubiese podido contenerse al mirar esos malditos ojos que se escondían detrás de los gruesos lentes de ese “mameluco”.

Profesor argentino de literatura