Edición 374

Sorpresa

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Colectivo de Buenos Aires

Colectivo de Buenos Aires, Argentina (Enfocados.com)

Tenía que llegar a tiempo. No iba a permitirme una nueva demora en el trabajo. Ya bastantes problemas me causaban las acusaciones de mi jefe. Con ese tono imperativo, me decía que no ordenaba los papeles del escritorio, que no entregaba los informes a tiempo, que me retrasaba siempre en la hora del almuerzo. Basta. Estaba harto. Ese día no le iba a dar un nuevo motivo de reproche. No existía ni un solo instante en que él no expresara su descontento, y yo era el blanco principal de sus dardos venenosos.

Además, lo de siempre. Yo era el terco que no sabía reconocer mis errores, el que siempre le echaba la culpa a los otros o a las circunstancias.

Esa mañana salí más temprano que nunca. Quería ser el primero en llegar, para que después no dijeran… Caminé por la avenida pensando en la cara de sorpresa que pondría ese abombado al verme. Flor de chasco se llevaría. ¡El incompetente empleado Domínguez llegando antes que él!.

Cuando llegué a la esquina de la parada del 92, miré el reloj. Todavía era muy temprano. Debo reconocer que tenía mucho sueño. No era mi costumbre levantarme a esas horas y por eso aún andaba medio dormido. Pero ya me despabilaría en el viaje. Mientras tanto, como sobraba tiempo, me metí en la galería para ver el precio de las camisas. Recorrí todos los negocios. Me detuve en el que daba a la calle para estar atento a la llegada del colectivo.

Viejo colectivo Porteño

Viejo colectivo porteño, Argentina (Enfocados.com)

Encontré en ese local la camisa que había buscado desde hacía tiempo. Ese era el color que quería y, además, estaba de oferta. Inmediatamente comencé a pensar en los momentos libres que tenía para poder comprarla. Hice un recorrido por los días de la semana buscando un lapso que me permitiera ir a buscarla. Cuando estaba deliberando ese asunto, por el espejo que estaba en la vidriera vi llegar el 92. Salí corriendo sin pensar para poder alcanzarlo, aunque me había quedado imaginando cómo me quedaría puesta la camisa.

El colectivo se detuvo en el semáforo de la esquina, lo cual me permitió alcanzarlo antes de que volviera a arrancar. Eso significaba que ya podía asegurar que iba a ser el primero en llegar.

Saqué boleto, lo guardé en el bolsillo y me senté en el único asiento del fondo que estaba disponible. Me sentía tranquilo, seguro de mi triunfo. Esta vez nadie podría abrir la boca. Ni miraditas acusadoras, ni órdenes con aires de superioridad, ni nada. Calladitos todos.

Me miré en el reflejo de la ventanilla y reí de mi propia cara de satisfacción. Me puse a pensar en todo lo que haría ese día para lograr una victoria total. Primero ordenaría el escritorio, después concluiría los dos informes que me habían quedado incompletos y, finalmente, descansaría altivo en mi silla reclinable, seguro de que, al menos por una vez, ningún botarate tendría motivo alguno para quejarse.

Con estos pensamientos andaba cuando de pronto advertí que el colectivo dobló por Reconquista, en vez de seguir por la avenida principal. Pensé que se trataba de algún desvío por una manifestación y que retomaría luego su camino habitual. No me alarmé, porque, igualmente, contaba con tiempo para tirar por la ventana. “Ya va a agarrar la avenida” -pensé y apoyé la cabeza contra el respaldo, acariciando la idea de dormir al menos quince minutos más.

Me decidí a intentar descansar sólo ese tiempo. Lo hice y justo a los quince minutos volví a abrir los ojos. No. No me iba a quedar dormido por ninguna razón. No iba a desperdiciar esa oportunidad para demostrar que podía ser el empleado ideal, aunque el jefe y algunos aduladores pensaran lo contrario.

Al mirar nuevamente el reloj, observé que aún faltaba media hora de viaje. Pero cuando miré a través de la ventanilla no pude entender lo que ocurría. ¿Qué hacía cerca de la plaza Bulgaria si en ese momento tenía que estar cerca del sur de la ciudad? ¿Cómo era posible que anduviera por ese barrio? Me indigné y, confieso, empecé a ponerme nervioso. Esta no me la esperaba. Un desvío de esa naturaleza podía implicar otro retraso. ¿Y qué diría entonces ante la acusadora mirada de mi jefe?, ¿que la culpa era del colectivero? .

Me acerqué furioso al chofer para increparlo.

-¿Qué pasó ahora? ¿A dónde te fuiste? ¿No te das cuenta de que la gente tiene que cumplir un horario en su trabajo?

-¿Qué dice, señor? ¿Por un desvío de tres cuadras? Estamos bien con el horario.

-¿Tres cuadras? No puede ser… ¿qué hacemos acá? -le dije gritando y sacudiéndolo.

Viejo colectivo Bonaerense

Viejo colectivo Bonaerense, Argentina (Enfocados.com)

El hombre detuvo el vehículo y me miró con repugnancia. Me dijo que podía bajarme si no estaba conforme con el servicio. Esa actitud sólo logró enfurecerme más. Pero era consciente de que no podía perder tiempo en una pelea con el chofer. Miré a los demás pasajeros y todos me miraban como a un loco. No entendí. A ellos también los estaba perjudicando la demora. Se suponía que, como yo, debían estar furiosos y apoyarme.

Una señora de edad me gritó desde la mitad del colectivo que no buscara problemas y que me bajara, porque no era sensato que si yo tenía problemas me la agarrara con todos. “Queremos viajar tranquilos” -sentenció finalmente.

No lo podía creer. Otra vez todos en mi contra. Como en el trabajo. ¿Podía ser cierto que el mundo se complotara contra mí, que en cada lugar hubiera gente que se empeñara en obstaculizar mi existencia? Toda la tranquilidad que había conseguido minutos atrás se había disipado repentinamente. No supe por qué la gente no me ayudaba y se quedaba mirándome como a un estorbo que debía ser sacado de circulación. La situación se empezaba a poner tensa, pues el colectivero y la mayoría de los pasajeros estaban esperando que me bajara o que dejara continuar el viaje en paz.

Tuve que tomar una rápida determinación. Me bajé masticando la bronca. Esa bronca se alimentaba cada vez más al pensar que con seguridad iba a llegar tarde, porque estaba ubicado en ese barrio lejano. Lo que no podía explicarme era cómo había ido a parar allí, cómo los pasajeros no habían protestado.

Caminé unas cuadras mirando hacia todos lados, buscando que apareciera un taxi. De todas maneras, comprendía que ya no había posibilidad de llegar temprano. Otra vez había fracasado y otra vez no era por mi culpa, pero… ¿cómo hacérselo entender a alguien? Imaginaba la áspera cara de mi jefe emanando desprecio, a los traidores compañeros de trabajo mirándome de reojo, hablando por lo bajo, ignorándome. Claro. ¿Cómo no iban a ignorarme, si yo era, según ellos, el soberbio que no sabía reconocer un error?

Me detuve en una esquina y busqué en mi bolsillo el dinero, para saber con cuánto contaba para subirme a un taxi. Junto con los billetes estaba el boleto de colectivo. Cuando por accidente lo miré, comprendí todo. En ese boleto estaba la explicación de mi fracaso; era un documento que probaba a las claras mi incapacidad. Ni el colectivero ni la gente estaban locos; ni mi jefe ni mis compañeros estaban errados al considerarme un inútil y un soberbio.

Me había tomado el 29; el espejo me jugó una mala pasada.