Edición 374

La revelación

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Reloj de Pared Antiguo de pendulo

El relojero escuchó el ruido que hacía al abrirse la puerta del negocio y levantó la vista de su escritorio de trabajo. Era la señora Fernández que llegaba para encargarle el cambio de una pila.

Adoptando con naturalidad un tono amable, el señor Fratelli recibió el reloj y le dijo que pasara a buscarlo una hora más tarde. La señora quedó satisfecha y prometió regresar.

Cuando terminó el arreglo de un antiguo reloj de pared, el hombre se dedicó a examinar la nueva pieza que le habían dejado recientemente. La abrió cuidadosamente y miró su interior. Una paciencia y voluntad serena acompañaban la tarea de este comerciante que ya hacía años que tenía su negocio en el barrio. En todos sus trabajos, ponía esmero, dedicación y voluntad. De esa manera, todo terminaba saliéndole al pie de la letra, y por eso, sus clientes estaban contentos.

El reloj de la señora Fernández tenía la pila sulfatada; era necesario reemplazarla. Con toda delicadeza, extrajo la pila vieja con unas pequeñas pinzas e inmediatamente colocó la pila nueva. En ese preciso instante, la máquina volvió a la vida, animada por la energía que le había inyectado el comerciante.

A pesar de que muchas veces había hecho esa tarea, cada vez que la volvía a hacer, se sentía bien. En sus manos y en su inteligencia veía el poder de activar un mecanismo muerto, de generar nuevamente actividad en los engranajes de la maquinaria. A veces, sus pensamientos iban más allá y, alentado por la ley de las analogías, pensaba que, con esfuerzo, podía generar esa misma actividad en otros campos de su vida. Otras veces, su inteligencia trabajaba en algún invento nuevo. Le gustaba experimentar el placer de poder crear.

Cuando no tenía mucho trabajo, lo inventaba. Pasaba horas y horas creando dispositivos mecánicos, utilizando piezas distintas para fabricar relojes insólitos. Le fascinaba el hecho de sentirse, además de relojero, inventor. Todo lo relacionado con el funcionamiento de las diferentes máquinas le demandaba una dedicación que ponía en práctica con el mayor de los gustos.

En los momentos en que el cansancio lo vencía, se reclinaba sobre su butaca y trataba de recordar a muchos de los grandes inventores, todos hombres por los cuales sentía una profunda admiración. Este tipo de pensamientos aparecían diariamente en el humilde hombre de trabajo, cuyos vuelos mentales tendían siempre a acercarse a aquello que estaba más allá de lo visible, a la causa primera que alentaba todo fenómeno físico.

Su día laboral, al cabo de unas horas, concluyó felizmente. Cuando llegó la noche, en la armonía de su hogar, compartió la cena con los suyos.

Al día siguiente se despertó y ya tenía planificadas las tareas de esa nueva jornada. La primera tarea del día estaba destinada a acudir a su médico, con el fin de someterse a una serie de estudios. De modo que se levantó y en poco tiempo ya estaba en el consultorio, hablando con aquel profesional de la salud que tantas veces lo había atendido.

El señor Suriani comenzó su trabajo tomándole la presión a su paciente. Todo normal. Luego continuó con los exámenes de rutina. Mientras tanto, el señor Fratelli estaba sereno; confiaba plenamente en la medicina oficial y se entregaba con seguridad a la revisión.

Llegó por fin el último de los estudios que debía hacerse. Era la hora de revisar los movimientos del corazón. El médico llenó de cables el pecho de su paciente y los conectó a ese aparato moderno que permitía observar por monitor cada movimiento del músculo cardíaco.

Y cuando el relojero vio por primera vez en su vida su corazón a través de la pantalla, su mente se iluminó. No pudo dejar de recordar el reloj de la señora Fernández; no pudo dejar de recordar, en sólo unos segundos, todos y cada uno de los relojes que había arreglado. Al ver las imágenes en el monitor, su entendimiento alcanzó profundidad. Pensó que lo que se estaba moviendo, su propio corazón, era la máquina más perfectamente creada. La energía que sustentaba sus movimientos no provenía de la inteligencia de ningún hombre.

Otra vez, la ley de las analogías se hacía presente. Así como él, con su voluntad, con su inteligencia, daba, muchas veces, vida a cada nuevo reloj, esa otra máquina se movía por influjo de una voluntad que sobrepasaba los límites de lo humano.

Cuando el médico lo vio tan abstraído en sus pensamientos y le preguntó qué le ocurría, el señor Fratelli, comprendiendo que aquel hombre de ciencia no podría llegar a entender lo que él había comprendido en la intimidad de su ser, le dijo con voz suave, sin salir de su abstracción: “Y pensar que se mueve solo...”

Profesor argentino de Literatura