Héroes del Silencio en Buenos Aires

Héroes del Silencio en Buenos Aires

Una década y un año después y también en septiembre, el de 1996, cuando los vi por primera y única vez. Fue en Bogotá, en una discoteca del norte de la ciudad, y como Enrique Bunbury dijo en esta ocasión, durante el Pepsi Music en Buenos Aires, Los Héroes del Silencio “son un grupo más de pub, de cercanía con la gente”. Eso se notaba en la emoción de un chiquillo, que alguien que sobrepasó los 40 difícilmente retiene.

Por: Carlos Fernando Álvarez, Buque de Papel, Buenos Aires


Recuerdo que, en ese tiempo, verlos en mi ciudad roncaroleando a menos de tres metros de distancia y con tan sólo 200 personas fue un privilegio que pocos pudimos disfrutar. Y me dije al salir de ese boliche que cómo sería si tocaran en un estadio, con el sonido a pleno, la escenografía, las luces, y esa fuerza que siempre se dijo tenían en sus presentaciones en vivo.


Pero, así como “rueda la Fortuna”, once años después los veo en Buenos Aires, con más años, con menos pelo, a un Bunbury que se consolidó como solista, y a sus colegas de banda, Juan Valdivia, Joaquín Cardiel y Pedro Andreu, que no siguieron la misma senda. Volver a verlos, sí, pero con más desorganización.


Los Héroes abrían este festival y las cosas comenzaron mal cuando tres horas antes de lo programado pregunto dónde estaba el escenario y me muestran un descampado, un estacionamiento acondicionado para la presentación. Insisto en si es verdad y si es el mítico ‘Obras’, y me dicen, que no, que ahora tiene nombre gringo, como la gaseosa, y se llama “outdoors”. Un verdadero lote baldío. Pero el asunto empezó a empeorar cuando la gente llegaba y llegaba y sólo supe hasta el otro día que 25 mil cristianos se embutieron en este parqueadero, y empujaban cada vez más, con la intención, cada uno seguramente, de quedar a tres metros del escenario.


Y ahí fue Troya. Los empellones, pisotones, codazos, piñas eran la nota predominante, aún sin empezar el recital. Muchachitas desmayadas por falta de aire volaban sobre las cabezas de los de adelante, que defendían centímetro a centímetro su territorio. Yo quedé al medio, e intentaba hacer lo propio, pero la tardanza agravaba el asunto. Segundo aspecto que contribuyó al desorden: el retraso de una hora y cuarto después de las ocho programadas.


Los empujones hacia adelante seguían y quien no se mantuviera firme iba a caerse. Una chica, con la estabilidad y los ojos desorbitados preguntaba, “Che, ¿por qué hacemos esto?”, mientras estallaba en una risita histérica y caía al piso, para ser rápidamente levantada por sus amigotes.


De nada sirvió protestar, y como corchos en medio de un estanque, todos íbamos para un lado y para el otro. Los que llegaban tarde, cuales “barras bravas”, empujaban más y más hacia adelante y sacar a los débiles.


A pesar del trago amargo del desorden, cuando se apagaron las luces y se encendió el escenario con el inicio del riff del maestro Valdivia en ‘Deshacer el mundo’, en trizas quedó la incomodidad y se paso a disfrutar de hora y media con todas las canciones del grupo, en uno de los conciertos de la gira del reencuentro y que con seguridad no se repetirá. Al menos no en el corto plazo.


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