Por: Sandra Uribe y Carlos Álvarez. Buque de Papel, Buenos Aires. 11 de diciembre 2011
Los colores, que son especiales de cada estación, se van transformando e iluminando, al igual que la gente. El duro corazón abre paso a la sonrisa de niños y de las muchachas en flor, y las que ya no.
Pero lo que la nostalgia marca en el alma es esa corriente septembrina, ese soplo que vuelve a decirnos que todo es posible, que el partido está empatado y se puede ganar, que hay esperanza. Hasta el olor de las calles y de las almohadas cambia.
Por eso, encontrarnos con el libro Guía de Buenos Aires (Una ficción), hecho a cuatro manos por el escritor Edgardo Lois, y por el lente del fotógrafo argentino Eduardo Noriega, es darnos de frente contra una corriente del “Buen Ayre” primaveral en cualquier calle, saliendo del Subte, en la tribuna, o en los parques. Y como decía Borges y está plasmado en un vitral de la estación Tronador, de la línea B del subte, en Villa Ortúzar acerca de la nostalgia: “es dolor guarango, como de bandoneón”.
Pero dejemos que sea el propio Lois, quien nos transporte a ese mundo que subsiste en cada rincón de ese universo llamado Buenos Aires. El libro tiene el sello Literaria Ediciones y fue lanzado a comienzos de mes en la capital argentina.
Desde que conozco el trabajo fotográfico de Eduardo Noriega que juego a imaginar un libro con sus fotos y mis palabras. Varios cafés, en el Margot (Boedo) y en el Cao (San Cristóbal), sellaron el acuerdo. Eduardo me acercó una buena cantidad de fotos y seleccioné cincuenta y cuatro. En ellas descubrí que había una ruta, un viaje o flecha indicadora que traía la mirada desde la provincia de Buenos Aires hasta la ciudad. Noriega es fotógrafo urbano, lo suyo es la calle y su gente, y nuestra pequeña galaxia respira en buena salud dentro de su trabajo, una de esas paradas que llevan, como debe ser, toda la vida. Le dije que ya tenía la Guía de Buenos Aires y partí de juego con la escritura.
Escribí sobre Antonio, un personaje de ficción que sueña, camina, que transita la vida atento a los recuerdos, a los pensamientos. La ciudad es el gran plano general, la presencia madre. El recorrido llegó a su fin: libro terminado, descubierta una de las ciudades posibles.
Y remarca: Buenos Aires es nao y misterio. Una damisela nacida entre el viento y la garúa. La ciudad es galaxia que guarda universos chiquitos. Buenos Aires bien puede ser un tren de vagones ligeros que discurre debajo de un puente: la vida que se acaba y el intento de soplarle la eternidad a la muerte. Sobre el puente siempre pueden alistarse los observadores: una feliz manera de conocer el murmullo amanecido sucede cuando las historias se dejan ver en su tránsito cotidiano.
Los anteriores y los que siguen son extractos de la obra y que van en orden cronológico sobre esa vida de Antonio, el personaje del libro y la lente de Noriega:
La bicicleta decretó que el triciclo de Antonio se hiciera historia. Cuando al fin le sacaron las rueditas chicas, las de mantener el equilibrio, que acompañaban la rueda de atrás, el pasado ni siquiera recortó una sombra y su mundo universo supo de la fragilidad.
El tiempo de la infancia, la sucesión inmediata de los acontecimientos, llevó a
Antonio del triciclo a la primera bicicleta. Después vinieron las horas de la otra vida, de la otra bicicleta: los días en que el mar era la frontera.
Antonio podía intuirlo. De alguna manera se alejaba de sus misterios. La casa abandonada entre los árboles. Misterio de los días de pibe. Misterio en el pueblo, en la murmuración de los pibitos de la barra. Fantasmas había en la casa blanca, y fantasmas se llevaría
Antonio.
No se debería sonreír en automático, y no se debería salir a la calle con cargador de treinta sonrisas en la billetera. Antonio piensa que se debería salir como salen los pibes de la escuela, con el recuerdo de haber aprendido otra palabra, el conocimiento.
La escuela del pueblo era chiquita, pero de patio generoso. A
Antonio le gustan las escuelas, en la del pueblo fue feliz y feliz fue en la escuela de su casa. Nunca fue de salir armado.
Él, como todos, deja su rastro en las calles. Queda su imagen atrapada en algunas paredes; su andar ha sido seguido por la mirada aterrada de los buitres de la ciudad: no le gustan las palomas.
Disfruta de la vida: Debo aprovechar los días porque a todos nos llega, porque un día no voy a estar.
Antonio cree que de haber estado atento a la belleza se baja mejor por la escalera. Sabe que los reproches pueden guardarse tranquilos en una bolsita, y que puede ser muy distinto anotarse partidario de la memoria a conciencia, que despertarse como persona extraña: porque extraño es aquel que se dejó olvidado para los días finales. De pibe lo había visto en una película: desde más allá del espacio llegaban unos seres de cáscara y mucho hueco que se quedaban a vivir adentro de la gente.
El salto o el vuelo más allá de la oscuridad. La mirada al frente. Papá le enseñó a no entregarse. Como quien vive únicamente la felicidad, de esa manera papá le enseñó a Antonio la importancia de las pequeñas cosas, le enseñó a ser, a respetar y a respetarse.
Aprendí jugando en historias chiquitas: ayudé a mamá con la bolsa del mercado, y a papá con una herramienta. Entendí qué es el compañerismo, la solidaridad.
Papá nunca fue de desear demasiado, afuera todo era relativo; él fue de soñarse para adentro: entero, humano. Aprendí jugando a los días.
La sombra de Dios se proyecta sobre la ciudad. Dios está demasiado alto. Una promesa demasiado lejana para quienes caminan las calles. Uno de los secretos de esta vida se guarda en la elección de los caminos a transitar.
Antonio en camino, se piensa, se sabe en camino, entregando su manera de ser, sin esperar favores o esas suertes diversas que dicen provee la sombra que se pega a las paredes y la altura. En camino.
Él nunca quiso jugarla de muñequito que necesita vivir a la sombra y que gusta de descubrirse entre transparencias engañosas. Le habían contado del mundo que la gente construye cada día. No quería terminar acorralado contra una pared, esperando la muerte que toca a los buitres de la ciudad. Los buitres buscan un cordón de granito, la parte baja de una fachada de edificio cualquiera, y contra la dureza se dejan estar.
Antonio no quiere entregarse. Vive en tránsito.
*Mayores informes en elois@yahoo.com.ar y literariaediciones@yahoo.com.ar
También se consulta en el blog de Lois.